a Eduardo Belgrano Rawson
Cuando el primo de mi papá tuvo a su octava hija, se sintió realizado. Julio (así se llama) vive en una casa de Nuevo Alberdi, casado con una portera de la escuela Eva Perón y en el día atiende una gomería: de noche es folklorista aficionado, pero después de tomarse dos vasos de vino Toro con soda y un vasito de grapa y escuchar discos de Facundo Toro, le agarra la veta romántica, cosa que a su mujer no le gusta demasiado porque así es como ha sido madre ocho veces en diecinueve años. A Daniel, el mayor, Julio le regaló apenas nació un bombo legüero de juguete y a los tres años le hacía escuchar durante horas Mujeres Argentinas, haciéndole cantar especialmente lo de Juana Azurduy, flor del alto Perú. Tan mal no le fué: ahora Daniel tiene un grupo de trap folklórico que la rompe en Distrito Siete y en El Aserradero, donde cuenta las vivencias suburbanas de las mujeres argentinas acompañado por base de bombistos, dos guitarras y loopera. Muy bien no suena, pero tiene un club de fans mujeres que gritan cada vez que sacude su mechón de pelo azul y empieza a trapear. Con los siete más pequeños Julio ha formado un grupo vocal de folklore llamado La Estrella Azul, y se presentan cada vez que pueden en clubes de barrio, parroquias, escuelas primarias y vecinales ataviados con ponchos, recorriendo un repertorio que empieza en Si se apaga Vaderrama y termina en El Arriero. En el medio siempre se canta Amaranto, un gato suburbano que Julio compuso para enamorar a su primera novia, que lo dejó por un imitador de Sergio Denis. Julio tendrá muchos defectos, pero no es rencoroso, y cada tanto invita a su primera novia, que al final no se casó con el imitador de Sergio Denis sino con un profesor de educación física que casualmente trabaja en la misma escuela que su mujer, al profesor de educación física, y a sus cinco hijos a su casa para armar fiestas de karaoke donde empiezan cantando Zamba de mi esperanza y Guitarrero para terminar a las cinco de la mañana los cuatro aullando Una voz en el teléfono y Realmente no estoy tan solo mientras los chicos en el living comedor miran Disney Channel. Más de una vez nos han invitado a sus reuniones, aunque la última vez pensamos que sería realmente la última vez: Silvia y Paula, las mellizas de quince de Julio, se plantaron en el medio del quincho, pusieron una pista de Frozen en inglés y cantaron a dúo la canción principal tan bien que la aplaudimos todos. Sobre todo porque cuando hacen las voces más altas en El Arriero Silvia y Paula desafinan tanto que todos en la familia sospechábamos que lo hacían a propósito (lo cuál resultó ser cierto). Julio esa noche ya estaba bastante entonado pero igual desconectó el karaoké, levantó a los chicos ajenos que dormían en los puff, apagó el plasma y nos invitó a todos a retirarnos antes de tiempo -eran recién las dos y media de la mañana- mientras murmuraba algo sobre como los yankis están pervirtiendo la mente de la juventud argentina mientras ponía en la computadora una versión vieja de una canción de Argentino Luna.
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