miércoles, 19 de junio de 2019

Mil novecientos treinta y dos.

En aquel café en la peatonal Lavalle ví una foto de mi tío abuelo. Mi abuela hubiera dicho, imposible, pero he visto suficientes fotos de mi tío abuelo para reconocerlo y allí estaba: al lado de un hombre que vendía cigarrillos por la calle, mirando la cámara, sin sombrero -cosa que correspondía, a mi tío  no le gustaba usar sombrero. Sé que mi abuela, y mi madre, y varios de mis tíos hubieran dicho imposible, porque en esos años mi tío era un niño, de pantalón corto y estaba seguramente en la quinta de algún vecino o yendo a comprar harina y aceite sueltos; ya ves, me dirá mi madre, las fechas no coinciden, es imposible que ese de la foto sea tu tío abuelo. Será un hombre parecido. Pero el de la foto es mi tío, y como hizo para estar en una foto de mil novecientos treinta y dos en Buenos Aires cuando en mil novecientos treinta y dos el tenía siete años y aún no sabía silbar ni jugar bien al fútbol (con los años llegó a ser un gran cinco) no es algo que me corresponda a mí dilucidar. Le gustaba mucho fumar, por lo cual supongo que habrá decidido perdurar en esa foto al lado del cigarrero para estar bien aprovisionado de cigarrillos; si sabrá o no que esa època no le corresponde, que esos años son años anteriores a él, que el único que hubiera tenido derecho a estar ahí y que quizás aparece, de paso, una imagen fugaz de su espalda, es mi abuelo, el esposo de mi abuela, creo que no. Muchas cosas se le han olvidado, por eso sonríe feliz en esa foto, más feliz que en cualquier selfie que pudiera sacarse ahora.

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