martes, 4 de junio de 2019

La muerte de un rey. 72º parte

                                                                                        Arderé, pero eso no es otra cosa que un hecho.
                                                                                        Ya seguiremos discutiendo en la eternidad.
                                                                                                                       Michael Servetus



                                                                           Oregon, primer campamento de los Mil, cientos de años atrás.

Ya casi todos han usado la Máquina, dijo Amparo.
El sitio había durado cerca de diez años. Allí, pensó Oregon, incluso durante el sitio, habían sido felices. Jamás se hubieran imaginado que los habitantes del planeta los atacarían. Si les temían tanto. Reverencialmente se apartaban cuando iban a al arroyo a buscar agua o a juntar los peces de las redes. Para ellos tres, se dijo Oregon, para él, para Amparo y para Eliza, ese planeta era su patria. Era el cielo prometido en la Biblia de su padre.
Maldita Lisbeth, pensó. Tuviste que traer a ese niño y arruinarnos la existencia.
Maldito yo, pensó después.
Cuando se vió que los nativos del planeta estaban decididos a destruirlos, Sarar no dudó. A la noche atacó al desprevenido ejército que dormía -como estaban acostumbrados a que los Mil no atacaban, no tenían muchas defensas- y tomó todos los prisioneros que pudo. No tenían mucho tiempo. Incluso tomó prisioneros a varios nativos del planeta que no eran del ejército del Rey, que vivían cerca del campamento de los Mil desde antes que ellos llegaran, y que a veces les habían traído tributos en forma de piedras o de semillas.
El plan era arriesgado. No sabían si resultaría. Rodrick había dicho: nunca hemos visto usar la Máquina a toda su potencialidad. Pero podemos deducir que con la suficiente cantidad de sangre fresca, y poniéndola no al cien por ciento -lo cual significaría la muerte- sino al noventa y nueve, coma noventa y nueve por ciento, y sacrificando al insecto Pauline, lo más probable es que el resultado sea la inmortalidad.
Lo que me preocupa, había dicho Leonore, es que no te equivocas nunca, Rodrick.
No quiero que hagamos esto, dijo Pauline.
Yo tampoco, había dicho Amparo.
Ninguna de ustedes son principales generales, dijo Melinda. El mando lo tiene Sarar. Y estos bestiales del planeta han secuestrado a Lisbeth, solo porque salvó la vida de uno de ellos de que lo ahogaran.
Está decidido, dijo Sarar. Soy el primer general.
Los prisioneros fueron  conectados a la Máquina. También Pauline, que se retorció.
Entren, dijo Tiffanny.
El primero en entrar fue uno de los nietos de Tiffanny. La Máquina sonaba -era un sonido hermoso y a la vez horrible, algo tan extraño, pensó Oregon-. Maldito sea yo. Amparo lloraba. Eliza, asustada, no lloraba sino que temblaba -era muy vieja en años pero tenía la apariencia de una joven de diecinueve años. Después entraron todos los otros. Quedaban solamente Sarar, Amparo, Eliza y él.
¿Recuerdas? le dijo de pronto Amparo. ¿Recuerdas cuando nos dijeron que Eliza moriría en dos o tres años? ¿Recuerdas que me fuí a caminar después del trabajo y que volví a las tres horas? Nunca te dije donde había estado.
Oregon sacudió la cabeza. Era propio de Amparo traer cosas así, de la nada, cosas que el no entendía.
Por supuesto que no lo recuerdo.
Claro, dijo Amparo. Ha ocurrido tanto desde entonces. Fui a una funeraria a ver ataúdes. Les pedí que me mostraran los ataúdes más hermosos para niñas pequeñas que existieran. No tenían nada de hermosos, claro. Eran tétricos y pequeñitos. Pero, ya ves, nunca tuve que comprar uno.
Afuera los Mil, armados, estaban destrozando a los soldados del Rey, que no entendían porque no morían. Muchos soldados huían a la carrera, hacia los bosques. Los Mil los perseguían igual y los destrozaban. No era extraño. Tiffanny nunca había sido piadosa con nadie, ni siquiera cuando era solamente una mecánica.
Estoy cansada, dijo Amparo. Ya tuvimos lo que queríamos y más.
Oregon asintió.
Maldito yo que tuve que hablar con Pauline en vez de hablar con Rodrick, pensó.
Oregon miró a Sarar.
Que entre primero Eliza y luego entrarás tú. Sabes lo que tienes que hacer cuando salgas.
Soy el primer general, dijo Sarar, y te ordeno que entres a la Máquina.
Deserto, dijo Oregon. Además, solo eres un viejo músico ni por asomo tan bueno como Iggy Pop. Odié siempre tu música.
Yo también, dijo Amparo. Nunca me atreví a decírtelo. Por favor, agarra fuerte a Eliza. Y empújala.
Lo último que vió Oregon antes de conectarse a la Máquina y que el maldito sonido cesara fue la mano de Sarar como una garra en los brazos delgados de Eliza arrástrándola a la Máquina mientras Eliza gritaba con todas sus fuerzas y el rojo terroso del dedo del pie de Amparo, a su lado. Le pareció que Eliza decía malas palabras, y tuvo ganas de retarla, pero ya todo estaba disolviéndose.

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