jueves, 20 de junio de 2019
Darabont entra en escena.
¿Por qué Australia? se preguntó Darabont. Aquí las estrellas eran raras. Los ríos eran raros. Los animales eran raros. En dos o tres días llegarían al poblado; seguramente dos o tres casuchas infectas, y una iglesia a medio construir, y que no se construiría nunca. Darabont había matado a diez hombres en Liverpool, con su navajita de mango de nácar (que ya no tenía), pero lo habían terminado enviando a Australia por mendigar. Australia o te mutilamos las orejas, había dicho el hombre odioso, con peluca empolvada, que olía a talco y a roquefort; Darabont hubiera querido degollarlo y lo hubiera hecho si aún hubiera tenido su navajita, lo único que había heredado de la mujer que lo había criado, ahorcada cuando él tenía diez años por robarle el bolso a un pastor. En el barco que los traía, los azotaban. Varios murieron. No Darabont; si no había muerto a los tres años cuando su madre lo había dejado abandonado cuatro días en un cuartucho, ni con el gran incendio de Londres, ni cuando lo tiraron al río unos mocosos más jovenes que él para divertirse, mucho menos moriría por la poca comida y los muchos azotes y la escasez de agua buena. Además, previsiblemente, cuando llegaron a Australia sus verdugos se aquietaron: en cuanto los recibió el gobernador, o vicegobernador, o algún tipo de cargo así -Darabont no sabía pero imaginaba- quisieron parecer más humanos y respetables, y los que hasta el día anterior estaban casi desnudos en la cubierta del barco, semiborrachos y con un látigo de tres puntas, ahora hasta querían usar camisas de volantas. Pero el destino final de Darabont y de sus compañeros era un pequeño poblado sin nombre aún, sin párroco y sin escuela, apto solo para que los condenados por la justicia de la reina se hundieran en el fango. El río serpenteaba entre rocas pardas; los peces a veces picaban. El que comandaba el barco ordenó hacer un alto, por dos horas; no había prisa por llegar al lugar inmundo donde llegarían. Darabont vió que la correntada traía varias cañas y que una de ella se atoraba en la red. Alzó la red. Estaba llena de peces. Sálalos, le dijo el cocinero del barco -según Darabont, el peor de todos. Por suerte, hasta ahora, ni la sal ni el aceite de ballena escaseaban. Cuando las manos le quedaron secas por la sal, Darabont tomó la caña. El viejo impulso iba cediendo nuevamente partes de él. El primero fue el cocinero, luego uno de sus ayudantes. El capitán y los otro cuatro subalternos fueron los siguientes. Cuando quiso acordarse, el único que quedaba vivo había huído tirándose al agua. Se ahogaría enseguida; el río era inclemente. Sus compañeros presidiarios lo miraban como a un demonio. Había uno, que hablaba demasiado y que siempre decía que hacía cinco años había sido marinero en Dinamarca; debía ser cierto, porque cuando él le puso la caña en el pescuezo acercó al barco lo más posible a la orilla. Antes de arrojarse al agua, Darabont se miró en el reflejo. Estaba cubierto de sangre y casi desnudo. No creo, se dijo, antes de hundirse en el agua tibia y luego salir al lodo y a la selva esmeralda, que vengan a buscarme.
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