Fue entonces cuando vi la mitad del billete. Abajo del ladrillo; para cualquier persona menos para mí la mitad de un billete de cinco pesos no significaría nada, pero para mí significaba que Dameris había estado allí y que de allí se la habían llevado. La historia era casi graciosa: estábamos en tercer año, a las dos nos gustaba el mismo chico ,el hermano de Luana, y para zanjear el problema -problema que solo existía en nuestras cabezas: el hermano de Luana se fue a las dos semanas a trabajar a Bahía Blanca- partimos un billete de cinco en dos y dijimos que a quién le tocara la efigie de San Martin se quedaría con el chico. Yo fuí la afortunada, ante los gritos y las quejas de Dameris que juró que yo había hecho trampa, que había marcado especialmente la parte afortunada del billete, y casi no me habló por una semana, silencio que rompió cuando se quedó sin hojas en la prueba de Educación para la Ciudadanía y me tuvo que pedir. Seguimos siendo inseparables hasta el viaje de egresados y la graduación: después ella se fue a Belina, y yo me fuí a Ensenada del Mar. A veces nos mandábamos saludos por el celu. Cuando conocí a Oscar, que vivía en Belina, le empecé a pedir referencias desesperadas a Dameris, que me contestó con precisión aritmética: no me convenía, no era muy trabajador ni estudioso, y ya había dejado embarazada a dos chicas del pueblo. Las malas referencias, claro, no me impidieron mudarme a Belinda para empezar un amor apasionadamente romántico con Oscar, que duró tres meses y medio, hasta que un día al ir a visitarlo a su casa, llevando bizcochitos, encontré una chica desnuda en su comedor. Pero ya me había acostumbrado a Belina y la verdad el trabajo que había conseguido allí era harto mejor que el que tenía en Ensenada del Mar; además, estaba Dameris, que me insistía en que me quedara porque ella sola allí se aburría como esponja. Nos terminamos alquilando la pieza de atrás de donde vivía Oscar, lo que son las vueltas de la vida, y la parte divertida es que después de un tiempo más de una vez terminé cubriéndolo cuando les metía los cuernos a sus otras novias y cuando venían a cobrarle los deudores. A la tarde, después de salir de nuestros trabajos, nos pintábamos las uñas, mirábamos series en DVD truchos, planeabámos la salida del sábado a la disco de Ensenada del Mar, nos medíamos la cintura y la cadera (ninguna de las dos pasó nunca del sesenta, noventa) y nos proponíamos empezar a estudiar Excel o inglés o algo así, que nos ayudara a conseguir un trabajo mejor. A veces, cuando no teníamos sueño, invitábamos a Oscar o a otro chico o chica vecino a tomar cerveza y jugar al truco; así, en ese continuo de siesta de ciudad chica, pasó un año y medio. Fué Dameris la primera que marcó a Teo. Era casi joven, era muy lindo, vestía bien, como un chico de la capital, y tenía un auto importado. Y a mí no me gustaba. A Dameris tampoco; había algo en su piel que la hacía como la piel de un reptil y algo en su mirada que la hacía como la mirada de un reptil. A las otras chicas de la ciudad, claro, les encantaba y se turnaban para salir con él los viernes y los domingos -de lunes a jueves estaba en la ciudad la novia oficial de Teo. Fuí yo la que se dió cuenta de que Teo también nos había marcado a nosotras; las otras chicas de nuestra edad tenían todas sus familias aquí, algunas incluso otros chicos, quizás más feos y menos interesantes que Teo pero que no tenían esa mirada rara ni la piel fría. Una tarde salí del trabajo, estaba oscuro y llovía, la calle estaba vacía, y ví que el auto de Teo pasaba tres veces por la calle donde yo caminaba. Cuando le conté a Dameris ella me contó que a ella le había pasado lo mismo, dos veces.
Hace una semana atrás, cuando volví a casa, Dameris no estaba. Esperé tres horas a que volviera, le mandé mensajitos por Wasapp, ni siquiera recibí el visto. Cuando ya eran las doce fui a la comisaría: me dijeron que Dameris probablemente se había conseguido un novio y que tenía que hacer lo mismo. Le contesté que Dameris varias veces había estado con un chico, pero que siempre me contestaba los mensajes. Les dije lo que nos había pasado con Teo. Les dije (era mentira) que le había contado a la dueña del minimercado donde Dameris trabajaba y que en cualquier momento aparecería a respaldar mi denuncia. Eso los asustó un poco, pero me dijeron que volviera al día siguiente. Para que alguien fuera buscado debían pasar veinticuatro horas. Fui a casa, le mandé mensajes por Facebook a la dueña de minimercado, a tres de las chicas que salían con nosotras a boliche y al único de los chicos de mi amiga que sabía el nombre y apellido, preguntándoles si Dameris estaba en sus casas. No estaba, me contestaron todos. La dueña del minimercado incluso me dijo que Dameris había salido antes. Me tiré en la cama de abajo de la cucheta; me acordé de todas las noches que con Dameris habíamos hablado de bandas de reggaeton, de vestidos, de chicos que nos gustaban, de telenovelas de nuestra infancia. Desde donde estaba podía ver un ladrillo suelto en la esquina, en la pared; porque ya casi no podía pensar, y menos dormir, me acerqué. Estaba tan suelto que pude sacarlo: abajo estaba la mitad del billete, la mitad sin la cara de San Martin, con un corazoncito roto en brillantina y otro nombre escrito con birome negra, seguro más reciente. Me vestí y fuí a lo de Oscar: casi siempre estaba levantado a esa hora. Tomamos cerveza hasta las cinco de la mañana. Al otro día armé el bolso y volví a Ensenada del Mar. Solamente estuve allí dos días, para cobrar un dinero que me habían quedado adeudando y después me vine a la capital.
Desde ahí llamé, desde una cabina telefónica. Mis datos fueron precisos: lo que iban a encontrar lo encontraron. Desde la televisión del hotel ví como arrestaban a Oscar por tráfico de cocaína (dieciocho bochas de cocaína, las que yo había encontrado una tarde cuando fuí a limpiar el baño del bar en el que trabajaba en Ensenada y que había guardado por las dudas, no pueden nunca ser confundidas con consumo personal), a Teo y a uno de los amigos de Oscar, por ser los jefes del narcotráfico en la zona de Belina. Ahí interviene la Federal. Pasó lo que calculaba que pasaría: el Oso se asustó tanto con la posibilidad de ser juzgado por narcotraficante, que enseguida cantó donde llevaban a las chicas que secuestraban para trabajar de prostitutas. A Dameris la encontraron en un prostíbulo en el Sur, donde solo había trabajado dos días. Los tres, Oscar, Teo, el Oso y un par más que ni me hubiera imaginado enfrentan cargos por proxenetismo, narcotráfico y asociación ilícita. Espero que cuando a Dameris se le pase el susto vuelva a conectarse a Facebook; cuando lo haga, le mandaré saludos, pero no creo que mi ubicación actual. Para recordar mi aventura (la primera y probablemente la última) junté las dos mitades del billete. Mi mitad dice Jonathan en brillitos, con muchos corazones, y signos de exclamación; la de Dameris solo tiene un corazoncito roto en brillantina, pero otro corazón en birome negra entero y la palabra Oscar for ever. Lo único que me digo: tendría que haberme dado cuenta antes y Dameris hubiera zafado de unas cuantas.
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