Siempre fuimos cinco. Desde primer grado del Liceo nos hicimos amigas, aunque Carla, Teresa y yo nos conocíamos desde jardín de tres. Pero en primer grado la seño Betty decidió sentarnos en la misma hilera que Vero y Malena, y entonces el grupo quedó conformado, casi por inercia. Cuando nos graduamos de quinto fuímos juntas a París. Teresa se casó y se divorció dos veces: yo fuí testigo de su primer y de su segundo casamiento. Vero le dió un lugar a Malena cuando se fué de la casa de sus padres, porque no la dejaban estudiar Fendelcrest (creo que se escribe así) ni gemología: ahora entre las dos tienen un negocio por Internet que vende gemas raras a los extranjeros y cobran en dólares. Vero se casó con uno de sus clientes, un alemán gordo y payo. A Carla la tuvimos que cuidar entre todas cuando se accidentó con la bicicleta y se quebró el fémur en tres partes. Ahora que Vero, la benjamina del grupo, cumplió treinta y cinco, decidimos hacer un viaje en auto a la Patagonia. Por esas cosas de la vida, entre las cinco hemos visitado la Polinesia, Taiwan, Dresde, Chicago, Estambul, Bogotá y Curitiba, pero ninguna ha viajado nunca a la Patagonia. Nuestro destino final era Usuahia. Pero recíen habíamos salido de Bahía Blanca y queríamos llegar a Las Grutas y ya nos habíamos perdido.
- ¿Por qué no pedimos indicaciones?- dijo Vero.
- No estoy perdida- se enojó Malena, a la que le encanta manejar aunque estaciona horrible. Nunca supe como le dieron el carnet.
- Tendríamos que haber estado en Las Grutas hace tres horas- dijo Vero- Te perdiste, Malena.
- Ustedes cuatro se durmieron, no ayudaron en nada, solamente en llenarme de miguitas de Oreo la camioneta.
- Bueno, no nos peleemos- dijo Teresa- Hagamos esto: en la próxima estación de servicio pedimos indicaciones.
- Claro.
Uno sabe como es. Se dice fácil la próxima estación de servicio, pero creo que pasó una hora y media hasta que encontramos una. Ya era la tardecita, casi de noche. Pero saltamos del auto, alegres, y Carla fue a cargar agua, y Malena a buscar indicaciones en el barcito y las otras tres fuimos al baño. Cuando salimos, Vero me codeó.
- Los árboles... Míralos.
Los árboles eran rojos.
- Que maravilla. Vamos a sacarnos fotos. Que bien, no sabía que había árboles tan raros en la Patagonia.
Posamos como tontas, incluso con Carla, que volvió con agua apenas tibia, porque no había dispensers. Los árboles, de cerca, eran muy bellos: tenían la elegancia de los eucaliptus, pero las hojas más anchas y la corteza era casi púrpura. Entonces llegó un hombre y nos empezó a gritar.
- No se acerquen a los noustrom, señoritas. No se acerquen.
- ¿Por qué?- preguntó Carla- Es un país libre.
- Je, je, país libre. ¿Son extranjeras? ¿Son porteñas' Los Noustrom son nuestros enemigos naturales. Si uno se acerca demasiado, el cuerpo de ellos te envuelve y ya eres Noustrom. ¿No saben?
- Somos porteñas- dije yo- y jamás oímos hablar de semejantes estupideces.
- Je, je- dijo el hombre. Era joven, muy morocho, pero tenía los ojos de un gris demasiado claro, casi blanco- Miren.
Sacó del bolsillo una moneda. La arrojó, con gran puntería, hacia uno de los nudos del tronco del árbol más grande. La moneda se pegó, como imantada y la corteza tardó tres segundos en cubrirla.
- Incluso los porteños saben lo peligrosos que son los Nostrum- dijo el hombre.
Entonces llegó Malena.
- En el barcito ni saben de Las Grutas. Ni de Bahía Blanca. Dicen algo de un fuerte, no entiendo nada. Que acá a un kilómetro hay un fuerte.
- Que locura, che- dije con un poco de miedo.- ¿Por qué un fuerte?
- Je je- dijo el hombre. Estaba vestido como un peón de campo, pero en las rastras ví un escudo verde azulado, con una forma extraña.- Ya sabemos que en Buenos Aires no existen. Pero todos saben de ellos.- Y nos señaló unos pájaros. Pero se posaron cerca nuestro, solo diez metros y no eran pájaros. Eran como aves de rapiña sin plumas, de piel escamosa, con picos en curva, con dientes.
- Los Turdim. Anidan en los Noustrom. Fauna autóctona del sur del país. No se preocupen, cazan solo de noche. Por eso tienen que ir al fuerte. Si las agarra la noche acá, están muertas las cinco. Mucho gusto, perdón por no presentarme: me llamo Belsaber.
- ¿Donde carajo nos metimos? - preguntó Vero.- Esto no es la Patagonia.
- Yo ahora voy para el fuerte- dijo Belsaber. - Síganme. El liutenant García no va a tener problema en aceptarlas.
Se subió al rastrojero y nosotras nos subimos a nuestro vehículo. Malena tenía los ojos rojos.
- ¿Podremos volver a Buenos Aires? ¿Que habrá en Buenos Aires cuando volvamos? - nos preguntó mientras arrancaba.
- No sé- dijo Carla.- Igual, poné música. Es solo un kilómetro. Cuando lleguemos al fuerte llamamos a nuestras casas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario