Si esta historia va a ser contada, merece ser contada desde el principio. Y el principio, como siempre, es el frío. En aquellos años y en aquel lugar helaba; el mundo conocido era un lugar helado, donde los lobos y los osos y los animales carroñeros prosperaban más que los hombres. No había muchos hombres, ni muchas mujeres y los que había morían jóvenes, así que los curas se apuraban a bautizarlos. Pero donde estos hechos ocurrieron no había demasiados curas; quizás algún misionero de paso, quizás algún hombre que muchos siglos después sería considerado mártir o santo. Y la historia comienza con un hombre y una mujer y sus dos hijos y una cosecha que se pierde. Una plaga o varias plagas juntas, aunque el hombre y la mujer nada sabían de plagas; solo sabían de que el invierno llegaría. Eran tan pobres que ni cerdos ni cabritos tenían; si comían carne la comían una vez al año, comprada en el mercado del poblado más cercano. Así que la pérdida de la cosecha significaba la muerte, sencillamente, o si no la emigración: el hombre y la mujer lo deben haber considerado probablemente, emigrar, pero sin comida prontamente serían mendigos en el camino y morirían helados. La comida que tenían duraría un mes, si comían todos; dos meses si comían solo dos. Ni el hombre, ni la mujer eran seres crueles. Mientras duró la comida, sus hijos comieron con ellos todas las noches, sopas de repollo y cebada y pan de centeno y a veces algún resto de queso. Luego la comida de la despensa se terminó.
- El invierno apenas ha comenzado y no tenemos ya nada.- dijo la mujer. - Hoy los niños no cenaron. Quedan cuatro piezas de pan. Después, nada.
El hombre no contestó.
- Dentro de una, dos semanas- siguió la mujer- moriremos los cuatro de hambre. Ya la estoy sintiendo en las tripas.
El hombre siguió callado.
- Sería mejor que nos devoraran las bestias- fue la última frase de la mujer antes de dormirse.
Pero el hombre no se durmió. Tenía veinticuatro años, y había sobrevivido a la fiebre escarlata y a la peste, y ya era un viejo. Cuando la mujer estuvo profundamente dormida, tomó dos piezas de pan y despertó a los niños.
- Vamos de paseo al bosque, a cazar pájaros.
No había pájaros en el bosque y los niños lo sabían, pero siempre obedecían a su padre. Eran buenos niños. El mayor, el varón, tenía ocho años. La niña solo siete. Eran delgados, silenciosos y escurridizos y lo contrario a lo que ahora consideraríamos niños hermosos. El niño y la niña tomaron sus hondas y salieron con su padre. Se adentraron en el bosque, por dos, tres horas. Luego su padre hizo una fogata.
- Esperaremos aquí la madrugada para cazar los primeros pájaros- dijo el hombre.- Mientras tanto, les contaré historias.
Nunca había contado una historia, pero esa noche se las arregló para componer tres o cuatro leyendas desperdigadas que había oído en mercados y en tabernas. Al calor del fuego, y con la voz de su padre, monótona y algo áspera, y masticando pedazos de pan, los niños se durmieron, apretando sus hondas en las manos.
Cuando despertaron, su padre ya no estaba allí. De todas las maneras, los niños lo esperaron, una mañana y una tarde enteras, que para ellos fué como una eternidad.
- He tirado migas de pan de centeno para volver a casa- dijo el niño.
- Mejor sería que supieras hacer un fuego- dijo la niña. - Además es mentira lo del pan. Te vi devorarlo.
- He tirado las migas- insistió el niño. - Ahora las seguiremos y volveremos a casa.
La noche era oscura. El bosque no tenía sendas, salvo las que a veces marcaban algunos leñadores. Todo era nieve y los zapatos de los niños no eran buenos. Los de la niña pronto se rompieron y debía caminar sobre las piedras humedecidas. Empezó a nevar.
- Si no encontramos nuestra casa pronto moriremos- dijo la niña.- Ni siquiera los lobos salen a esta hora.
- No moriremos- dijo su hermano.
De pronto, un animal apareció. A ojos de los niños era gigantesco, con cuernos, y pensaron que era un demonio o una de las variaciones del demonio. Pero luego al niño le brillaron los ojos.
- Es un uro- dijo- Un uro. Sigámoslo.
Casi enseguida el uro entró en un claro. Allí había una casa, una cabaña más pequeña tal vez que la de ellos, pero que parecía un lugar caliente. Entraron. Adentro había una olla gigantesca llena de sopa, y carne salada y varios cuencos llenos de miel y repollos y sacos con harina. Y al lado de la olla había dos panes de centeno, que la niña no tardó en partir por la mitad y untar con miel y comer. Después de comer dos trozos hizo uno para el hermano, que comió con miedo. Todo el lugar estaba lleno de comida y el niño sabía a quién pertenecía esa comida.
- Es la cabaña de la vieja.- descubrió de pronto.
Los dos conocían a la vieja. Era descendiente de reyes paganos y ella misma era una pagana, que gustaba, según decía su madre , de adorar a Odín y a Thor y a Freya y de hacer sacrificios humanos. Adoraba a los árboles y no creía en Cristo. Irá al infierno, decía su madre.
- Pero su sopa es buena- dijo la niña.
Entonces sintieron los pasos. La vieja entró. No era como se la imaginaban: era muy delgada, tenía una nariz verrugosa y un tumor en el cuello y apenas caminaba. Algo rojo se esparcía en su costado.
- Ah, maldito uro- dijo la vieja - Tenía que irse y yo tenía que ir a buscarlo.
Entonces los vió.
- ¿Quiénes son? ¿Ladrones? Tarde llegaron, la rama ya atacó con furia. Casi no veo, que idiota- y cuando quitó su mano los niños vieron que lo rojo era, claro, sangre, y que manaba constantemente, y cuando la vieja se sacó las ropas vieron que la herida era pequeña pero profunda. La mujer se sentó sobre un banco mal hecho, el único mueble que había en el lugar además de la mesa.
- Mala hora para morir. ¿qué hacen aquí? Son los mocosos muertos de hambre de los campesinos de aquí cerca ¿verdad?
- Nuestro padre nos llevó a cazar pájaros de noche- dijo la niña y mostró su honda.
- De noche en este lugar lo único que se puede cazar es la muerte- dijo la vieja.- Pues sí que son feos. Flacos y esmirriados. Pero al menos moriré en compañía. Aunque creo que no entraré en el Valhalla.
- ¿Qué es el Valhalla? - preguntó el niño.
- Ah, mis abuelos están allí. Todos mis antepasados. Mi abuelo, sabes, era un rey. Un rey soldado. Lo mataron soldados cristeanos en Valj. Luego nos bautizaron a todos. Ya sabes, eso del agua. Pero ninguno de nosotros creyó. Yo no, al menos.
- ¿Has hecho mucho sacrificios humanos?
La mujer vieja rió.
- Deja de preguntarne tonterías. Pensé que pasaría el invierno, este invierno al menos, con toda esta comida, pero ya ves, mi maldito uro se escapó y tuve que ir a buscarlo y tropecé y en el bosque había una rama afilada como una estaca. Al menos, no es tan malo que estén aquí. Quemen mi cuerpo cuando muera. No quiero que me entierren con sus cruces encima. Y la comida, no la devorarán las comadrejas y los hurones. Eso me consuela un poco. No duele tanto como pensaba.
La vieja se fue quedando como dormida y al poco rato se murió. Los dos hermanos la sacaron al patio. Al otro dia, con ayuda de una piedra de yesca y varias ramas, quemaron el cuerpo, pero no hicieron un buen trabajo. Así que terminaron arrastrándola hasta donde el bosque empezaba a espesarse.
- Las alimañas terminarán de comérsela- dijo la niña- Ya está bien cocinada.
Cuando volvieron a la casa de la vieja, empezó a nevar muy fuerte. La tormenta de nieve duró tres semanas y, para calentarse, dormían con el uro. Era muy manso. Le daban alfalfa y derretían agua para que bebiera. Cuando la tormenta de nieve pasó, siguió haciendo frío. La niña y el niño cocinaban guisos de repollo, cebada, a veces pan con miel, dos o tres veces carne salada. El día en que el cielo amaneció azul y la nieve empezó a derretirse y el primer pájaro cantó en la rama del alerce, aún les quedaba comida para tres meses.
- Tendríamos que regresar a casa- le dijo el niño a su hermana.
Como era de día y era un día claro, se ubicaron enseguida. La cabaña de sus padres lucía distinta. Una mujer que no reconocieron estaba allí.
- ¿Qué hacen aquí?- dijo el niño. - Es nuestra casa.
La mujer se rió.
- Esta casa es nuestra. Hace dos meses. Había dos campesinos desdentados, muertos de hambre, esperando morirse, pero los vendimos como siervos al castillo de Diumir. Creo que la mujer está en la cocina y el hombre en los establos. Vayánse, culebras, antes de que vengan los hombres y los destripen. Si no lo hago yo antes.- y la mujer sacó un cuchillo de destazar de su bolsillo. Los hermanos salieron corriendo.
Podrían haber ido al castillo a ver a sus padres y contarle la buena nueva de que estaban vivos, dijo el niño, pero la niña se largó a llorar y dijo que extrañaba al uro y que aún quedaba miel en la cabaña de la vieja, y el niño también descubrió que extrañaba al uro, así que cansinamente regresaron al hogar de la vieja. Vivieron allí varios años y a veces el niño y a veces la niña iban al mercado, a comprar semillas y huevos, e incluso compraron dos cabras y empezaron a hacer leche y quesos. No hubo inviernos malos después de aquel y cuando el niño cumplió quince años, se enamoró de una de las hijas de la mujer que ahora vivía en la que había sido su casa, una muchacha de trece años con un antojo rojo en toda la cara, pero por lo demás saludable, la dejó embarazada y su madre se vió obligada a permitir que vivieran juntos. Dos meses antes de que el niño naciera, su hermana entró con un lío de ropas y unos zapatos de mucho andar a la cabaña y le anunció que iría al castillo de Diumir, a trabajar como ayudante de cocina. El hermano aceptó, porque sabía que era su voluntad.
Su padre y su madre, la joven averiguó pronto, habían muerto de consunción dos años antes. Nunca le habían dicho a nadie que habían tenido hijos, ni de la noche en que el padre los había invitado a cazar pájaros. Habían tenido, allí en el castillo, un niño que casi también se había muerto de consunción con ellos y que había sobrevivido y ahora era porquerizo. Era delgado y feo y con los ojos saltones, como sus hermanos. Cómo huérfano, en el castillo, quizás no sobreviviría demasiado, pero la joven se compadeció de él y a veces lo llevaba con ella a la cocina y cuando todos dormían, le hacía comer sopas de leche de cabra y ajo y le contaba historias que el niño recordaría muchos años más tarde, cuando se alistó como soldado y viajó muy lejos del castillo de Diumir. Tan lejos viajó que donde terminó sus días el invierno casi no existía, y las gentes eran pobres y vivían poco, como donde había nacido, pero al menos siempre al sol, sin temerle a las heladas ni a las bestias salvajes. Y allí, en las noches de verano, entre la soldadesca y las prostitutas que acompañaban indefectiblemente a las tropas, el hombre repitió las historias que la joven ayudante de cocina le había contado de niño, y otros soldados y muchas prostitutas e incluso algunos generales las repitieron, quizás porque les parecieron buenas historias, quizás porque no había nada más interesante que hacer. De manera que un día la mujer (que ya no era joven y había pasado de ser ayudante de cocina a ser cocinera principal y cuya única particularidad, según las sirvientas que trabajaban bajo su mando, era que no cocinaba ni comía uro) se encontró en la casa de su sobrino menor. Su hermano mayor había muerto, y su mujer también, y de todos los hijos que habían tenido solo había sobrevivido el más pequeño de todos; el ahora era un hombre casado, que se enorgullecía publicamente de que su tía fuese la cocinera principal del castillo cercano y cada vez que ella venía sacaba los mejores quesos y los mejores panes y encargaba a su mujer que prepara pequeñas galletas con miel. La cabaña era ahora más grande y un camino se había trazado en el bosque, cerca de ella. Después de beber la leche con miel y de comer dos galletas, su sobrino se excusó porque debía atender asuntos con un comerciante, por lo que la mujer quedó sola con la esposa de su sobrino y sus tres niños. La más pequeña, que cumpliría pronto once años e iría a trabajar con ella a la cocina del castillo, le contó la historia que había oído acerca de dos niños cuyo padre los había abandonado en el bosque, pero que habían marcado el camino con migas de pan para regresar, pero los pájaros se los habían comido, pero que buscando el camino de regreso habían encontrado una cabaña hecha de dulces, y que habían comido todos los dulces, y que luego había llegado una bruja, y que había intentado engordarlos para comerlos pero que la niña había logrado que la bruja entrara al horno y la había matado y luego habían regresado a la casa de sus padres los dos niños, Hansen y Gretl, con el tesoro de la bruja y que sus padres, felices, los habían recibido. La mujer recordó la noche de nieve, y el frío, la humedad entrando en los zapatos, y la felicidad de su hermano cuando había visto al uro, la sangre de la vieja manando del costado, el olor de la carne de la vieja quemándose, la honda que ella había abandonado en el linde del bosque.
- Es una historia extraña- le dijo a la niña- y no creo que sea cierta. En todo caso, los inviernos no son tan crudos ahora.
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