Pero lo de los subsuelos fue un éxito. Todos los países que aún existen tienen ahora algún subsuelo, casi bunkeres. El nuestro alberga La Primavera de Boticelli y un fragmento de un mural de Siqueiros. Cuatro o cinco libros, es todo lo que podemos tener. Y nosotros: gradualmente descienden los últimos seres vivos. Por nuestra zona, nos corresponden colibríes, lagartos y perezosos, palmeras y orquídeas. Y hombres y mujeres como yo, pardos, bastante viejos, algo enfermos. ¿Podremos alguna vez volver a la superficie? Tememos que los seres de la Iones algún día regresen a este planeta y piensen que es suyo. Pero ¿no es inútil ahora reclamar todo sentimiento de propiedad? Abandonamos la superficie porque ya no la amamos. En los subsuelos nos aparearemos, nos criaremos y nos moriremos y, como en la historia de Platón, dentro de poco la superficie será un mito, una parábola, una leyenda urbana de nuestras nuevas ciudades. Aunque ese pensamiento es consolador, escucho ruidos afuera, en la superficie. Son ruidos de seres que no son humanos, ni animales, ni vegetales. Los de Iones no se conformaron con la superficie. Quieren también los subsuelos. Y no tenemos armas.
domingo, 9 de junio de 2019
Gradualmente descienden los últimos seres vivos.
Al principio no creíamos. Luego empezamos a creer porque los animales y las plantas empezaron a desaparecer. Los seres humanos también empezaron a morir: algunos rápidamente, otros lentamente. No sabríamos decir ahora quienes fueron los afortunados. Desde Norteamérica se decidieron medidas de máxima y -como los norteamericanos son previsores incluso ante la catástrofe- fueron dos las medidas: la primera, que la mayor parte de los seres vivos fueran enviados a los subsuelos. No hay subsuelos, dijo un científico, creo que fue Hue Lee. Construyámoslo, dijeron los rusos. Los subsuelos se construirían en cinco años. La segunda medida fue enviar a la estación espacial Iones a la órbita de Marte, con cinco mil tripulantes, entre astronautas y científicos, y con especies de plantas, animales, hongos y demás, para que al menos una pequeña porción de la Tierra sobreviviera, si el plan de los subsuelos fallaba. La estación, gracias al esfuerzo de embajadores y universidades, estuvo lista en dos meses. Al principio, desde aquí, desde Costa Rica, recibíamos sus informes, algo aburridos. Pero con el transcurrir de los meses algo comenzó a ocurrir: reportes de hormigas argentinas, mutantes y gigantes; plantas que se volvían carnívoras y venenosas; jabatos que mordían a sus cuidadores; hombres que soñaban con mujeres lobo; mujeres que soñaban con hombres de seis brazos y doce piernas. Esos extraños reportes generó el chiste de que seguramente habían incorporado ilegalmente LSD en la carga de la tripulación, pero el día en que Jonas Luxembrugo apareció ante nuestras pantallas, con una mano que el mismo se había mutilado, el chiste cesó. No sabemos que ocurrió en la Iones. No sabemos que ocurre ahora en la Iones y que ocurre ahora en Marte. A veces captamos destellos desde allí con algún telescopio.
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