lunes, 10 de junio de 2019
El temor a las redes sociales.
Las redes sociales son el cuco de la vida moderna. Así como hace treinta años atrás todo era culpa de "la televisión", hace setenta años atrás todo era culpa de "la radio" y hace cien años atrás todo era culpa de "los diarios y las revistas". Como Umberto Eco, soy escéptica ante los apocalípticos. Las redes sociales son como somos los seres humanos. Se dice que las redes sociales están "cambiando resultados electorales" y "modificando la cabeza de los niños y adolescentes". Las redes sociales no pueden hacer tanto. Si una fuerza política de neto corte fascista gana elecciones es porque los votantes adherían a postulados fascistas desde antes: lo único que hizo esa fuerza política fue darles entidad propia. Si los niños y adolescentes aman las redes sociales, es fundamentalmente porque entre ellos pueden hablar de cosas que los adultos no entendemos ni entenderemos y el único consuelo que nos queda es que dentro de veinte años nuestros nietos -si los tenemos- hablarán otro idioma distinto, incomprensible para sus padres. No hay nada dentro de las redes sociales que no haya existido antes de que fueran creadas. No quiero decir que las redes sociales sean maravillosas; digo que controlarlas es imposible, pero que pensarlas como muestra de que nuestra civilización está acabando es simple pensamiento lineal. El mundo no se va a acabar por culpa de Twitter, ni de Instagram, ni de Facebook, ni de Pinterest. Todos los problemas que causan las redes sociales existían antes de ellas; las redes sociales los visibilizan, solamente. Por eso, cuando leo un panegírico hacia los viejos tiempos, cuando leíamos muchos libros porque los Samsung y los I Phones no existían, no puedo evitar reirme: cuando los Samsung y los I Phones no existían se leían, probablemente, muchos menos libros que ahora.
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