Cuando yo era una niña, en este país no existía gente de raza africana. Algunos pocos paseaban a veces en las peatonales del centro, y una los observaba con cierto extrañamiento, como si fueran un león o una pirámide. La gente de raza africana existía en otros continentes: en Africa, primordialmente, pero también en Norteamérica y en esa región nebulosa que damos en llamar el Caribe. Según la historia patria, había habido negros en este país, esclavos de las familias patricias luego liberados por la revolución de Mayo. Doscientos años después, su descendencia era nebulosa, porque el árbol genealógico de los argentinos está poblado de tíos segundos que en realidad son padres, de mucamas que adoptan a la hija que su patrona tuvo de soltera y de primos que van a realizar sus sueños en la misteriosa ciudad de Gualeguaychú. Sucede en las mejores familias.
Por lo tanto, yo tuve que informarme acerca de esa raza casi críptica a través de los libros. Recuerdo primordialmente tres: "Raíces", que es precioso, "Las aventuras de Huckleberry Finn", obra maestra del gran Mark Twain y probablemente uno de los mejores libros sobre la tierra y "La cabaña del tío Tom". Tuve la suerte de leer la versión completa, no la edulcorada que generalmente se le ofrece a los niños. Nunca pude entender por que los africanos odian tanto esa novela; no hay mejor manifiesto político contra la esclavitud que "La cabaña del tío Tom". En otras palabras, para mi "La cabaña del Tio Tom" refleja la historia del siglo XIX en EE.UU. como lo hace Tolstoi en "La guerra y la paz" en Europa. No hay novela más cruel ni más trágica que esa, y sin embargo la autora (quizás menospreciada porque era mujer) deja al final una luz de esperanza, de hombres y mujeres tanto blancos como negros que eligen un camino diferente del que se espera de ellos.
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