labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío
(las tardes a las tardes son iguales)
Jorge Luis Borges
A los trece años le ocurrió algo a Samuel que cambiaría su vida para siempre; deseaba con desesperación el rifle de aire comprimido que se vendía en la tienda principal del pueblo, pero su madre se negó a comprárselo aduciendo, como siempre, razones económicas. Dos días después, Jonás Brauer, el niño más gordo y detestable del pueblo recibió el rifle como regalo de cumpleaños. Mientras jugaba con él, el rifle explotó (tenía una pequeña falla de fábrica) y Jonás perdió su ojo izquierdo.
"Podrías haber sido tú" dijo su madre. Nunca más le compró ningún regalo que Samuel deseara, limitándose desde entonces a cosas útiles como ropa interior y pañuelos.
A Samuel esa coincidencia del destino le pareció nefasta; años después leería la máxima de Pascal que decía que si la nariz de Cleopatra hubiera medido dos centímetros más la historia del mundo sería muy otra. Por eso, cuando sus padres arreglaron el casamiento con Hannah, la hija mayor de los Goldberg, aceptó encantado. La había visto más de una vez en el mercado regateando el precio de las gallinas y de las papas (como toda buena futura esposa debe hacerlo, observaba su madre) y su aire reposado y serio lo llenó de tranquilidad. Con una mujer así, nunca podría ocurrirle nada. Lo único que no advirtió (y que no advertiría nunca) era que Hannah era además muy hermosa; tenía una piel blanca como de nácar, el cabello castaño oscuro y un par de ojos oscuros y preciosos. En el pueblo todos se divertían comentando la suerte que tenía el hijo menor de los Szplilorg en haber conseguido a una de las muchachas más codiciadas del pueblo.
"Podrías haber sido tú" dijo su madre. Nunca más le compró ningún regalo que Samuel deseara, limitándose desde entonces a cosas útiles como ropa interior y pañuelos.
A Samuel esa coincidencia del destino le pareció nefasta; años después leería la máxima de Pascal que decía que si la nariz de Cleopatra hubiera medido dos centímetros más la historia del mundo sería muy otra. Por eso, cuando sus padres arreglaron el casamiento con Hannah, la hija mayor de los Goldberg, aceptó encantado. La había visto más de una vez en el mercado regateando el precio de las gallinas y de las papas (como toda buena futura esposa debe hacerlo, observaba su madre) y su aire reposado y serio lo llenó de tranquilidad. Con una mujer así, nunca podría ocurrirle nada. Lo único que no advirtió (y que no advertiría nunca) era que Hannah era además muy hermosa; tenía una piel blanca como de nácar, el cabello castaño oscuro y un par de ojos oscuros y preciosos. En el pueblo todos se divertían comentando la suerte que tenía el hijo menor de los Szplilorg en haber conseguido a una de las muchachas más codiciadas del pueblo.
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