martes, 14 de enero de 2014

La muerte de un rey. 6° parte.

                                                                             y mientras las cosas se caían a pedazos
                                                                             nadie prestaba mucha atención...
                                                                                                         Talking Heads
                                                    Lisbeth, The Valley, Los Angeles, 2015

La enfermera le avisó que era la hora de la tercera dosis de morfina. Se la aplicaré yo, le dijo. Se acercó a la cama de su madre, que era apenas su madre ahora, que era una hoja leve, un pétalo, casi un cadáver. Cuando su madre se muriera debería lidiar con los abogados y los psiquiatras, y con las mejores amigas de su madre que ahora estaban seguramente bebiendo un té en el Marhala, algo avergonzadas de ser incapaces de observar la lenta agonía de la que en sus tiempos había sido la mujer más deseada de la costa Este. Si su padre estuviera vivo, pensó, pero era inútil. Su padre había muerto tres años atrás de un ataque al corazón, dos meses después de  que a su madre le diagnosticaran un cáncer agresivo en la axila derecha (aquí, decía ella, y su piel traslúcida mostraba las cicatrices de la cirugía). Lisbeth tenía ahora dieciséis años y pronto sería una huérfana millonaria. Le aplicó la dosis de morfina a su madre y ella sonrió y siguió durmiendo.
 Fue a las caballerizas. Allí estaban Bianca, Andrew y Veltran. Veltran era casi un potrillo y era su preferido. El caballerizo (¿no era ridículo tener un caballerizo en pleno siglo XXI? pensó Lisbeth) la observó con cuidado, pero ella le indicó que se fuera con el mismo ademán imperioso y elegante de su madre. Empezó a cepillarle el cabello dorado y mientras lo hacía lloraba. Se sabía vigilada por una red amorosa e interesada, y por lo mismo casi imposible de sortear. "Es increíble la mala suerte de la pobre muchachaita" le había oído decir a la cocinera, y esa piedad oculta la hirió mucho más que las voces veladas de las enfermeras y de los oncólogos. El mejor amigo de su padre le había aconsejado un grupo de apoyo, y ella había ido un par de veces, pero luego se dió cuenta de que en su dolor había algo particular y distinto que no sabía expresar.
El caballerizo la llamó, con un grito leve, hay teléfono para usted, señorita.
Quién es, preguntó ella.
No sé. No sé. Vaya usted, dijo él
El télefono era blanco y dorado, como en una película de los años treinta. Quién habla, preguntó ella. Hola, tú no me conoces, soy un viejo amigo de tu madre, Sarar.
Mi madre está muriéndose, le contestó ella, increíblemente sin amargura.
Ya lo sé, ya lo sé. Quisiera hablar con ella.
Ya no puede hablar. Le falta muy poco para morirse.
Oh, y se escuchó un silencio del otro lado y una carraspera. Oh, siguió la voz, entonces tendré que hablar contigo. Si puedes, si puedes tu hacerle entender, habla con ella.
¿Qué tengo que decirle?
Que venda todo. Que venda todo lo que tiene. Antes de que se muera. Dile que habló Sarar desde Nueva York, ella me conoce bien y probablemente entenderá.Y cortó.
Al menos este amigo de mi madre está loco, pensó Lisbeth.  Y subió a la habitación. Su madre estaba despertándose de la duermevela provocada por la morfina.
Llamó un amigo tuyo, muy raro. Sarar, se llama. Dice que vendas todo.
Agua, Lisbeth, dijo su madre.
Ella le alcanzó un vaso de agua y su madre bebió.
Sarar, dices. Si lo conozco, dijo en un susurro. Si, es un hombre algo extraño. Se murmura de él que es un asesino, o algo así.
Le haré caso, Lisbeth, dijo Melinda, su madre, con una voz clara por primera vez en meses. Venderé todo. No tengo otra opción.

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