lunes, 6 de enero de 2014

La muerte de un rey. 5° parte.

                                                                          Campamento de Sarar. Desierto de Krill                             
                                                       una historia, contada por un idiota, llena de sonido y de furia...
                                                                                            Shakespeare
                                             
                                        Argan

Debo decirte algo, Sarar.
Sarar, el medio hombre, lo miró. Argan era ahora un hombre negro alto, fornido, como aquellos hombres que había frecuentado hacía tantos milenios en el barrio de Harlem.
Eliza se ha escapado. Se ha ido con Veltran.
Tuvo ganas de azotarlo. Entonces recordó que no tenía manos ni látigo.
No has podido cuidarla, Argan. ¿Para qué sirves, entonces? Eres su lugarteniente.
Si, y ella es tus ojos, Sarar. Ha visto algo que nosotros no hemos visto. 
Que puede haber visto.
Ya sabes, Sarar. La ubicación de la Máquina.
We are fucked, pensó Sarar.
Entonces crees que el rey está a punto de encontrarla.
Eliza no hubiera arriesgado nunca todo a no ser que fuera eso lo que ocurre. Ha ido hacia la casa del mestizo y luego irá al palacio del Rey. Y allí...
Estará perdida.
Pasa a mi tienda, Argan. Debes ir a buscarla.
Ya lo sé.
Sarar era el primer general. Allí estaba también la segunda generala, la dama blanca de York y Henry, el tercer general, un hombre bajo (demasiado bajo para ser uno de los mil). El es Henry, dijo Sarar. En el planeta Tierra enseñaba historia del arte, sabes. Henry sonrió y asintió. La dama blanca no sonrió, porque nunca lo hacía, desde que había perdido a Lisbeth.
Aquí está la jerarquía más alta de los Mil, pensó Argan. Si los matara y le llevara sus corazones al rey, me haría su consejero. 
Que haremos, le preguntó a Sarar.
No lo sé.
Estaban los tres jugando al Tradjezman. Henry, el tercer general, miraba atentamente las piezas. ¿Sabes jugar este juego? le preguntó con amabilidad. 
Por supuesto que no, le dijo. 
Lo inventé mientras conducía la nave que nos trajo hasta aquí. Todos los grandes generales de los Mil saben jugar al Tradjezman, menos Eliza.
¿Por qué no?
Desde que Lisbeth está encerrada en los calabozos del rey, Eliza decidió no tener hijos. Yo misma la operé, dijo la dama blanca. 
Ya lo sé, dijo Argan.
Se ha sacrificado por nosotros, pero también por su (ahora inexistente) descendencia.
Basta, dijo Sarar.
Yo me responsabilizé por Eliza ante Amparo yOregon. Y ahora ella está yendo hacia el rey, lo que me juró que nunca haría.
Quizás porque es tus ojos, dijo la dama blanca.
Y besó a Sarar, cosa que nunca hacía.
Voy a ir a detenerla, dijo Argan. Te matarán, fue la respuesta de Henry O te mutilarán. Son implacables, dijo y entonces dió vuelta su rostro y mostró el hueco que tenía entre el pómulo y la ceja derechos.  

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