a Mariana Enriquez, por Bright Eyes y sus hermosos cuentos de terror.
Le decían, desde pequeño, el Jorobado, nadie sabía bien por qué. No era tan feo como se murmuraba en el barrio, pero había algo en él que hacía que las personas temieran. Su familia era rica (se dedicaba al préstamo de dinero a cambio de joyas e hipotecas) y él tenía todo para ser feliz. Algunas de las sirvientas que trabajaban en la casa hablaba alguna vez de animales torturados hasta el cansancio, pero la madre hacía caso omiso y el padre apenas si se enteraba, enterrado en un mundo de pagarés y vencimientos y alquileres por cobrar. A los diecinueve heredó el negocio de su padre y a los veinte su madre también murió de un síncope.
A los veintiuno decidió que era hora de casarse. Se decidió por la Amalia, la hija de Gughenheim, el mecánico del barrio. Fue dos o tres veces a su casa, con sus mejores ropas; le llevó masas finas. Todos sabían que Amalia estaba enamorada del marido de su hermana y que lo rechazaría. El aceptó la negativa como un caballero, pero todos murmuraron cuando Amalia murió dos meses después de una fiebre extraña. Desde entonces, su fama en Alberdi no hizo más que crecer. Ninguna muchacha casadera lo aceptó nuevamente.
Le quedaban las otras. Algunas eran viejas, otras jóvenes, y a todas las llevaba a su casa y al día siguiente les daba algo más que la tarifa reglada. Entre ellas hablaban; era cierto que con el dinero era generoso, pero todas tenían para mostrar cicatrices, moretones, historias extrañas de perros gigantescos encadenados. Un día la Rubita, una muchacha de piel blanca y pechos generosos y que tenía una hija criándose en Misiones, desapareció. Ninguna entre las mujeres estaba completamente segura, pero ella había sido rondada por él en los días previos. Podra ser, dijo una de ellas. A quien podemos quejarnos, dijo otra, solamente a nuestros cafishos y él es su mejor cliente. Esto es una locura, si es un asesino, es una locura, dijo otra. Nosotras no podemos hacer nada, dijo la Claudia, que era la mayor.
Desde ese día las tarifas que el Jorobado pasaron a ser cada vez más altas. Cada año o a veces dos veces al año, alguna de las prostitutas faltaba y todas temían que su fin estuviera en el jardín de la casa del prestamista, que cada año se volvía más adornado y complejo. Algunas, sin embargo, regresaron: Carla había ido a buscar fortuna a Buenos Aires, Chantal se fue tras un jovencito y regresó desilusionada. Otras no lo hicieron. Los cafishos y las madamas no entendían el nerviosismo de las mujeres. "El Jorobado es un buen cliente" decían. "Le gustan las cosas extrañas, pero es un hombre tranquilo". Pero incluso ellos usaban algún tipo de talismán cuando tenían que tratar con él.
Se llamaba la Gallita Ciega. Era la pupila nueva del burdel de la Claudia, que había llegado a la edad en que las putas deben dejarle lugar a las generaciones más jóvenes. Su cafisho era un tal Guzmán, un hombre joven e interesado solamente en el dinero. Sabía tocar piano y cebar mate y no mucho más, porque, explicaba la Claudia, era ciega de nacimiento y de una familia muy pobre. Las otras putas, que entre ellas sabían robarse las ligas de encaje y los hombres ricos, la trataban con deferencia. Tenía solo dos clientes; un juez de paz, viudo y delicado y el Turco Nahibl, el almacenero sirio de la esquina que era famoso entre las comadres del barrio porque no se había casado aún. Más putañero que ese, solían decir, solo el Jorobado. Siempre una mujer distinta, cada semana, una loca nueva. No hablaban nunca adelante de él para que no dejara de fiarles el azúcar ni la yerba mate. Además, con esos musulmanes, nunca se sabía.
Un día el Jorobado apareció en la puerta del burdel de la Claudia. Quiero hablar con Guzmán, dijo. Estoy interesado en su señorita. Siempre usted tan cortés, dijo la Claudia. Acá está Guzmán, jugando a las cartas. Y la Gallita está ahí atrás, leyendo libros en braile. Una santa, como ve. Buen día, señor, le dijo Guzmán. En que puedo servirle. Era moreno y bajo, un criollo achinado, con un destello cruel en la mirada. Estoy interesado en su señorita, dijo el Jorobado. Ah, la Gallita, murmuró Guzmán. Si hasta casi me da lástima que sea prostituta. Pero esta vida es así. Ya sé que usted paga bien, pero no estoy seguro. ¿Cuál es la tarifa que usted paga actualmente? Doscientos pesos actualizados. Si, no sé, no me parece mal. El Jorobado se marchó, no muy seguro de que clase de transacción había realizado.
Ese Guzmán es una mierda, dijo Chantal. Mirá que hay cafishos hijos de puta, pero ese es el peor de todos. La va a matar el Jorobado, sabemos que lo va a hacer, hay que impedirlo, hay que decirle a la Gallita. Decirle qué, el Guzmán ese es un monstruo, anda siempre con un cuchillo y un revolver, y no va a dudar en usarlo con nosotras, dijo la Claudia. Nosotras no podemos hacer nada, dijo, y todas se sintieron un poco invisibles, un poco impotentes. En el fondo de la casa chorizo que hacia las veces de burdel, la Gallita tocaba un vals de Strauss.
La cita era el martes a la noche. La Chantal le prestó a la Gallita el mejor vestido de seda que tenía y las medias de muselina que le habían traído de Francia. "Es como si la estuviera amortajando" pensó. algo deprimida. Guzmán la acompañó hasta la puerta de la casa del Jorobado, hasta la puerta de rejas que daban la entrada a un jardín cada año más poblado de hiedras y de jazmines blancos.
El Jorobado le tomó el brazo, para guiarla. La Gallita caminaba muy despacio, tan despacio que irritó al hombre. Fuera de su casa, de su reino, era siempre servil y agradable; pero cuando entraba a ese pequeño imperio ilimitado, le gustaba pensarse poderoso. Al principio no había imaginado que hubiera nada de malo en lo que hacía, aunque las mujeres lloraban y temían. Luego le empezó a encontrar el gusto a la sangre, y al dolor y casi lo sentía en carne propia. Ya ni siquiera se preguntaba si era o no un monstruo.
Le indicó a la Gallita que entrara al cuarto y que se desnudara. En el ropero del comedor guardaba el cinto y la cadena de perro y un anillo con una espina de acero. "Esto será lento" se dijo. "No voy a olvidar esta noche". Oyó un ruido de madera, de cajones abriéndose en su cuarto. Fue a ver que pasaba.
La Gallita había tumbado el cajón de su mesa de noche. Y entonces él quiso alcanzarla y entonces se cortó la luz y no entendió bien cuando un cordel de seda le cruzó el cuello y lo hizo agonizar por tres minutos hasta privarlo de todos los lujos que había anhelado.
"¿Vos podés creer que el hijo de puta guardaba en el cajón de su mesita de luz la cadenita de oro con mi foto que mi vieja llevaba siempre encima?" dijo Jennifer. Era alta y morena y no desentonaba para nada en esa playa gay de Ibiza.
" Yo todavía estoy temblando, mi reina" dijo Guzmán. "Fue todo una cuestión de timming, unos segundos más y..."
" No, se la tragó completa, el desgraciado. La puta ciega, buena y que toca el piano. Solo faltaba la orquesta de Salgán. Si no me hubieran ayudado vos y tu amor, el juez, y el loco de Nahibl que seguro va a tener sexo gratis por el resto de su vida, no sé que hubiera hecho. A propósito, el dinero lo repartimos entre todos, pero ¿el cuerpo? ¿Qué hiciste con el cuerpo?"
"Es un misterio" dijo Guzmán.
"Los gays son todos iguales" dijo Jennifer, algo fastidiada. "Alcánzame otro gin tonic".
En el barrio ahora hay una casa. No se vende, no porque vivan fantasmas, sino porque su jardín es muy extraño. Está poblado de hiedras y de jazmines blancos y de rosas siete hermanas; pero lo más extraño es la estatua que hay en un costado del jardín. Es un hombre en dorado, no especialmente hermoso, sentado, como si estuviera pensando. En la piedra sobre la que está sentado puede leerse, si uno rasca convenientemente el musgo, la palabra Barbazul.
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