domingo, 19 de enero de 2014

La muerte .de un rey. 7° parte

                                                                                            Arguil. Harenes del Palacio del Rey.

                                                                    Lilith is not longer a serpent; she becomes and aparition of the night...
                                                                               Jorge Luis Borges- The Book of Imaginary Beings.

Están celebrando los ritos del invierno, dijo Arguil. No hay nada que me fastidie más.
También a mí, dijo Lisbeth.
Arguil miró atentamente a Lisbeth. Intentó ver si en sus palabras había otro designio, pero como casi siempre no lo había.
Creo que vamos a encontrar la máquina, le dijo.
Oh, dijo Lisbeth. Se sonrojó levemente y bajó la cabeza. Vestía (la obligaban a vestir) un traje blanco y dorado, muy elaborado, que la hacía transpirar generalmente. Era igual que él que usaba su estatua en el salón principal de banquetes del Rey.
Cuéntame algo dela Tierra, tu planeta de origen.
Ya lo he contado todo, respondió Lisbeth. Además, Arguil, la repetición de tus preguntas solo prueba tus pocos años. Yo era muy parecida a tí en el planeta Tierra, tenía mucho dinero, muchos sirvientes y una madre que se moría.
La Dama Blanca de York.
El nombre de mi madre es Melinda, replicó Lisbeth.
Entonces, dijo Arguil, tu eras casi una reina allí. E irónicamente eres casi una reina aquí. Por lo que hiciste.
Quizás fue un error, dijo Lisbeth.
Sí, quizás. Eramos inocentes antes de que ustedes llegaran, sabes. Crueles e inocentes, como los niños de los esclavos. Cazábamos, cultivábamos y nos apareábamos. Los niños que nacían con alguna deformidad eran ahogados. Enterrábamos a los muertos y no sabíamos que las enfermedades tenían cura. Y aún cuando ustedes llegaron, como vimos que no se mezclaban con nosotros, los consideramos una raza aparte, misteriosa. Además, eran inmortales. Y entonces, a ti...
Sentí algo parecido a la piedad. Conozco la historia mejor que tú, porque soy su protagonista. Uno de los niños que ustedes habían intentado ahogar había llegado hasta la orilla. Ustedes se habían ido. Yo lo encontré. Tenía dos opciones: dejarlo morir o adoptarlo. Elegí la que me pareció la menos cruel. Lo llevé conmigo, lo alimenté y lo eduqué, hasta que el niño tuvo quince años, y empezó a hacer preguntas. Entonces le expliqué todo. El se enfureció (ahora lo entiendo), se escapó y regresó con ustedes. Y por ese acto de debilidad mío empezó la gran batalla entre los Mil y los nativos de este planeta. El fruto del conocimiento no debería ser mordido por nadie.
No te entiendo.
Es una cita bíblica. Pero tú no sabes que es eso. Oh, Arguil, Arguil, eres tan joven aunque te creas vieja. No entiendo porque quieren encontrar la máquina.
Queremos ser como ustedes.
Lo imagino, replicó Lisbeth. No lo dudo.
Sí quieren encontrar la máquina deben encontrar a Rodrick, el cuarto general.
¿Y tu sabes donde está Rodrick?
Y entonces la risa de Lisbeth se volvió cristalina y pareció tener dieciséis años nuevamente.
Rodrick está donde esté Pauline.

                                                                     

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