Sarar. 2015. New York
This is the first day of my life
swear I was born right in the doorway.
Bright Eyes.
Recordaba las épocas en las cuales había querido ser Iggy Pop, Iggy Pop nada menos, y ahora solo era Sarar, Sarar bebiendo en un bar desconocido de New York mientras la moza escuchaba a Bright Eyes. Pensaba en Ludmila y en Penny, que habían criado a Amparo hasta que se había vuelto una muchacha hermosa y malcriada como pocas. El siempre había amado a Ludmila y a Penny, aunque el resto de sus amigos se sorprendiera de que sus mejores amigas fueran una pareja de lesbianas (aunque de lejos eran tan parecidas, ambas de rulos, ambas con anteojos, que todo el mundo las tomaba por hermanas). Se había enamorado de Amparo apenas la conoció, y cuando llegó a ser una joven quiso casarse con ella, aunque sabía que el casamiento era un absurdo. Ludmila, que era italiana y conservadora, ni siquiera se dió cuenta. La hermosa Penny si lo advirtió y le dijo, mirandolo con cierta tristeza: eres demasiado viejo para ella. Esa frase lo demolió, porque era cierta. Una vez le había contado, borracho, a Ludmila la pequeña tragedia de su vida. En otra vida, muchos años atrás, había sido un hombre cruel. Había abusado de mujeres y matado gente, mucha gente. Tenía poder, dinero y amantes; todo lo que un hombre puede desear. Y entonces se enamoró de la mujer de uno de sus mejores amigos, una mujer encantadora, algo alcohólica, era cierto, pero por lo demás encantadora. La mujer lo despreciaba, y el no la culpaba por eso. Ella estaba muy enamorada de su marido, que era a todas luces lo que se dice un caballero, un hombre con clase. No había culpa en ese amor, no había tristeza. Y un día se enteró de que su amigo le pegaba a su mujer con crueldad, todas las noches, hasta hacerla sangrar. Esto lo enfureció tanto, se sintió tan traicionado que decidió matar a su amigo, aunque este era un acto terrible y la mujer nunca más lo amaría. Y lo mató. Desde entonces, todo se derrumbó. Sus amigos dejaron de llamarlo por teléfono, sus amantes lo abandonaron. Nada eso le importó, porque con ese asesinato dejó de ser un monstruo. Ludmila entendió, porque en su familia italiana abundaban los asesinatos así, un poco shakespeareanos, un poco dantescos. Cuando la pequeña Amparo se enamoró de Oberon y le dijo emocionada a Penny que era, seguramente, el amor de su vida, no lloró por eso, sino que admiró también a Oberón, el muchachito tímido que quería estudiar filosofía medieval en una universidad importante, pero se había conformado con ser un mecánico en el Bronx y escribir mala poesia en algunos cuadernos. Después de algún tiempo nació la pequeña Eliza y Oberon y Amparo no podían estar más felices, hasta que los médicos del hospital le anunciaron que Eliza tenía algún tipo de enfermedad terminal que no podían determinar que no podían determinar. Esa noche Amparo lloró toda la noche y Oberon no lloró pero leyó la Biblia que su padre le había regalado a los doce años y pensó en la muerte por primera vez en muchos años. Sarar solo pensó en Iggy Pop, no supo por que, y luego pensó en la pequeña Eliza, muriéndose en la cama de un hospital. Yo tengo algo de dinero guardado, les dijo a Ludmila y a Penny. De que sirve, dijeron ellas. Quizás sirva para algo. Quizás sirva para salvar a Eliza. Conozco a gente en lugares muy extraños, conozco a gente muy rara, dijo él. Y Penny le dijo, con mucho cariño: creo que estoy enamorada de ti. Yo no, respondió Sarar, muchas gracias, y además no sé si el dinero servirá de algo. Lo único que podemos hacer para salvar a Eliza es volverla inmortal. Estas loco, dijo Ludmila. ¿Prefieres que Eliza muera? respondió el.

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