miércoles, 22 de enero de 2014

Los Amores Aereos . 1° parte.

                                                                        dedicada a Alan Pauls y a Pedro Mairal
                                                                        ambos saben por qué

                                                        Y ¿por qué es más noble el amor retribuido que el desinteresado y sin esperanza? Tal vez piense usted que yo soy el más infortunado de los hombres. Yo sé que sin Emilia no lo sería menos.
                                                                                  Adolfo Bioy Casares. Carta sobre Emilia.

Adrián cruzó las puertas de entrada del country. La casa de su amigo Facundo estaba al final del camino de ripio; su abuelo había sido el dueño original de la parcela en la que luego se loteó el terreno. Había sido amigo de Facundo Irigoitía desde la infancia, ambos se habían enamorado de la misma muchacha morena y espigada en el colegio inglés, se habían prestado libros de Cortázar y de Edgar Allan Poe y habían sido vencidos al tenis numerosas veces en partidos casi épicos. Luego sus caminos se habían separado; Facundo había aceptado una beca para estudiar en París, mientras Adrián seguía con su vida en la city porteña, apostando a las acciones de Acindar y a los purasangre negros en Palermo. Su vida era la de un dandy; incluso su novia, que se llamaba Charlotte, era hermosa y delicada como esas institutrices inglesas que poblaban sus sueños nocturnos (y a veces también matutinos).
Se había enterado del regreso de Facundo por amigos en común; percibió en ellos un  matiz que le reveló que todos pensaban que entre ambos había algo más que una amistad. "A mi tan luego..." pensó, pero luego se quedó callado porque siempre habia tenido Facundo algo de femenino que lo había inquietado. A veces, cuando se cambiaban juntos en el vestuario, luego de un partido de tenis, el tocaba la piel de su amigo y la notaba dorada y tersa; cuando se duchaban en su departamento, después de haber hecho el amor con dos muchachas rubias que habían conocido en una discoteca, apenas si podía contenerse ante la visión de un hombre tan hermoso y húmedo y desnudo. La amistad entre los hombres, se dijo, bordea siempre los límites del deseo. Una noche calurosa de enero habían hecho el amor, turnándose, con la misma prostituta. La mujer, que luego no les cobró, los invitó a acariciarse, cosa que Facundo rechazó con un pudor puritano; en cambio Adrián había rozado suavemente los muslos y la cadera de su amigo. Sí, quizás los rumores fueran ciertos y entonces ¿donde quedaba Charlotte?. Oscar Wilde la tuvo más fácil, pensó Adrian, con un dejo de furia, solo tuvo que ir a la cárcel. 
Una noche Facundo lo llamó; su voz sonaba fría y algo maquinal. "Te invito a pasar un fin de semana en la casa quinta de mi abuelo. Ya sabés, está a la entrada de Pilar. Hay gente que quiero que conozcas". Le dijo que sí. A la otra mañana, Charlotte le dijo que quería que fueran a Punta del Este porque aún hacía calor. No puedo, respondió el, quedé con Facundo Irigoitía. Yo soy tu novia, contestó Charlotte, casi llorando, decile que cancelás. No puedo, contestó él. Ella le dió un beso en la espalda, lo besó y se fué. No volvería nunca a verla. 

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