- ¿Por qué me has traído hasta aquí?- dijo el sacerdote.
- Porque deberíamos bautizar a ese niño.
- Dicen que es hijo de una monja. Que por eso fue abandonado.
- También dicen que el hijo de una princesa celta virgen. Cómo si quedaran tantas princesas celtas vírgenes en estos bosques. Según el cabrerizo que lo encontró, estaba entre pieles de venado bastante bien curtidas, no lejos del establo de las cabras. Fue hace tres noches atrás. Piensan que ustedes pueden darle refugio.
Blaise se enfureció.
- Somos apenas diez. Ocho hombres, una mujer y un viejo moribundo. En un monasterio que es una ruina de madera. ¿Cómo se le ocurre que refugiemos a una criatura?
- Bueno- dijo el cillerero- entonces morirá. No hay mujeres que puedan cuidarlo cerca de aquí. Algunas han muerto a manos de los bárbaros, otras de fiebre puerperal, otras han sido vendidas como esclavas. Bautízelo, entonces, y por lo menos si muere que entre al cielo.
El refugio de las cabras estaba en lo alto de la colina. Allí arriba había tres árboles altos (cipreses, se dijo Blaise) y una roca grande que tenía tallados dibujos obscenos y palabras obscenas. También un par de nombres de simples: seguramente un par de cabrerizos que habían muerto allí, mientras observaban el cielo. Al lado de uno de los cipreses había una construcción pequeñísima, donde apenas cabía un niño no muy alto acostado, hecha de rejuntes de madera y piedra y adobe y hasta un par de piezas rotas de mármol, seguramente robados. Estaba muy mal construída, pero era solamente un refugio para los cabrerizos durante la primavera y el verano. En otoño e invierno, nadie la utilizaba.
El cabrerizo salió de adentro del refugio con una canasta. Adentro había una criatura apenas vestida, con los ojos cubiertos de costra y el cuerpo cubierto de pelos. No era tan pequeño como Blaise había pensado. Probablemente tendría seis, siete meses Quizás hasta nueve. Estaba gordito.
El cabrerizo habló unas palabras con el cillerero. Blaise no entendía su lengua. Solo hablaba latín y algo de galés, pero el cabrerizo seguro no estaba hablando ninguno de los dos idiomas.
- Dice que lo bautizes y luego lo llevaremos al Frouge.
El Frouge no era buen lugar, pensó Blaise. Pero si lo objetaba estaría mostrando interés en el niño, y si mostraba interés tendría que llevárselo con él al monasterio. Los últimos tres inviernos apenas si les había alcanzado para comer.
- ¿Qué nombre le pondremos?- preguntó Blaise. De su cintura sacó los oleos sagrados y un pequeño crucifijo.
- Myrium- dijo el cabrerizo, señalando al niño.
- ¿Myrium?
- Myrium- repitió el cabrerizo.
- Bueno, - Comenzó a recitar la liturgia tradicional. El cillerero le limpió los ojos lagañosos al niño con un trapo viejo empapado en leche de cabra. El niño empezó a llorar. Blaise previsiblemente olvidó la mitad de lo que tenía que decir, pero como tanto el cillerero como el cabrerizo desconocían el latín, lo disimuló bastante bien. El cillerero le dió de masticar un trozo de pan viejo al niño y este dejó de llorar.
- Bueno, misión cumplida.- dijo el cillerero- Ahora lo llevaremos al Frouge. Luego tu irás al monasterio y yo a la vieja villa de los Severo. Pero, que nombre raro que eligió el cabrerizo para el niño.
- Nací en Lutecia- dijo Blaise- Todos los nombres de aquí me resultan raros. Myrium... Si, es cierto, suena raro.
- Bueno- dijo el cillerero- cuando lo deje en el Frouge tendrá otro nombre. Parecido, pero que suene mejor.- el niño se había quedado dormido en la canasta- Me parece que diré que se llama Merlín.
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