-No queda mucho tiempo- dijo Karl. - Habrá que fusilarlos.
Aunque no me caía bien Karl, aunque todos se burlaban de él, tuve lástima por él. Todos en su familia habían sido militares. Los Van Groeff era una familia de alcurnia (siempre lo había sido); se habían afiliado al Partido Nacionalsocialista recién cuando fue obligatorio. Despreciaban a Hitler (ese arribista austríaco, le decían, antes de que fuera elegido Canciller) y a Himmler (desde que Heydrich murió muestra su verdadera inutilidad, solía decirme por lo bajo). La orden era ambigua: aniquilar. En Duramens, un poblado en la frontera, había diez judíos escondidos. Las noticias desde Rusia, Polonia, Eslovaquia, Rumania, desde el norte de Francia, desde Italia, incluso desde España -donde Franco sobrevivía a duras penas- eran espantosas. Pero la orden era ambigua y a la vez precisa: aniquilar. Gastar balas de plomo (pero de oro para nosotros) en fusilar a diez judíos escondidos. Esperábamos que nadie pasara el dato de donde estaban, pero cuando nos llegó la carta del obispo tuvimos el maldito dato. Guardemos una o dos balas, me dijo Karl, para suicidarnos cuando los rusos o los partisanos o los norteamericanos o los ingleses nos encuentren. Yo asentí.
La casa donde estaban escondidos los judíos era bastante grande y muy hermosa. Una villa señorial, un poco abandonada. No estaba desocupada: había una vieja de cien años, vestida a la usanza de las guerras napoleónicas, y sus dos criadas, tan viejas y desdentadas como ella. Se calentaban con un brasero. Cuando entramos nos miraron con odio. Pero, claro, ya estábamos acostumbrados. Eramos seis solamente, de los casi cien que éramos un mes atrás. Porque obedecíamos una orden tan abtrusa como fusilar a diez judíos cuando la guerra ya estaba evidentemente perdida, no pidan que se lo explique a nadie. Un militar no da nunca demasiadas explicaciones de nada.
Empezamos a recorrer las habitaciones. Estaban todas vacías, pero eso era lógico. ¿Estarían escondidos los judíos? Si, probablemente. O no. Quizás se habían ido. Una de las viejas criadas empezó a seguirnos, con una vela. Daba lástima, claro, una mujer de ochenta o noventa años persiguiendo con una vela a seis hombres adultos y sanos, pero todo era tan absurdo que nada le dijimos. ¿Que dialecto hablaría? En este territorio hay más idiomas que arroyos. Nos sorprendimos cuando nos habló en alemán, un alemán claro y marcado y perfecto.
- Hay muchas habitaciones cerradas y las llaves se perdieron hace años- dijo la vieja- Se perdieron por ahí.
- Claro- asintió Karl.
- Pueden abrirlas a hachazos. A las puertas.
- Claro- dije yo.
- Ni siquiera yo sé que hay en esas habitaciones- dijo la criada. - Nunca me dejaban entrar cuando era niña. El viejo señor, la vieja señora, nunca me dejaban entrar.
Y entonces entendimos por qué nos seguía la vieja. Porque tenía curiosidad. Nos avergonzó un poco: nosotros, seis hombres jóvenes y bastante sanos, ni siquiera queríamos recorrer esa casa y ella estaba ansiosa por saber que había en habitaciones cerradas. Supongo que la verdadera muerte es esto, pensé: el principio de la curiosidad. Habíamos hecho cosas atroces, pero el deseo de esta vieja era tan prístino que no tuvimos el ánimo de matarla; nos contagió su curiosidad.
- Esta, por ejemplo- dijo. - Esta.
Guntter la abrió de un hachazo. Estaba previsiblemente vacía, salvo por un arcón abierto donde moraban ratas y mariposas nocturnas. Las ratas estaban gordas. La vieja parecía un poco desilusionada. Salió y nos indicó otra puerta. La abrimos de un hachazo y tampoco había mucho, excepto un caballo de madera apolillado y diez muñecas de porcelana, preciosas, de colección, de las que antes solo tenían los niños muy ricos. Podía ser aquí, dijo Karl. Busquemos escondrijos. Buscamos durante tres cuartos de hora. A la vieja ni se la oía. Estaba feliz contemplando a las muñecas. Las miraba embelesada. Ni se animaba a tocarlas. De pronto, estiró la mano con cuidado para rozar el vestido de una de ellas y la muñeca se cayó, pero por suerte en el piso había un vestido de terciopelo apolilladísimo y no llegó a romperse. Nos alegramos. Fue el primer sentimiento feliz que había tenido en los últimos quince meses.
- La vieja señora me había contado de ellas- nos dijo la vieja. - Siempre quise encontrarlas. Fueron de su hermana menor, antes de que se casara y se fuera .Ella se las había comprado cuando cumplió nueve años; costaron una fortuna. ¿Puedo llevármelas?
- Claro- dijo Karl. De a una.
La vieja se dirigió hacia donde debería haber estado la puerta. Pero la puerta no estaba. Lo cual era imposible. ¿Cómo podía haber desaparecido una puerta en solo una hora? ¿Cómo ninguno de nosotros nos habíamos dado cuenta? Por estas cosas perdimos la guerra, me dije. Karl, Otto, y Guntter empezaron a buscar otra salida, desesperados. Los otros dos soldados se echaron a dormir. La vieja y yo nos quedamos mirando las muñecas. La verdad que los vestidos eran preciosos.
- Es imposible- dijo Kraus, al rato. Otto y Guntter se sentaron en el suelo, a jugar a las cartas.
- Es cierto- dije yo.- ¿Pero viste que hermosas muñecas? No las hacen más así.
- Creo que en otro cuarto hay un juego de té- dijo la vieja. - Pero ahora, jugaré a las cartas un rato con los soldados.
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