viernes, 27 de septiembre de 2019

Flora y fauna de la región de Eluyén.

Llegué al mediodía a casa del juez. Abrió la puerta una mujer de pelo y ojos oscuro, más bien baja, muy delgada; no me hizo pasar a la casa, sino que me llevó a una mesa de cemento que había en el patio, debajo de la parra y me alcanzó una jarra de vidrio llena de agua, hielo y limones cortados al medio y un vaso de metal. El señor juez se levanta de la siesta en media hora, me dijo y se fue.
  Duré había dejado de ser juez hacía más de dos décadas, pero para todos en Eluyén seguía siendo el juez Duré. Cuando ejercía tenía fama de ser poco accesible y poco permeable a los cambios; después de jubilarse, estas características parecían haberse acentuado. Desde que se había jubilado se había ido a vivir allí, a escribir un libro sobre el folklore de las provincias mediterráneas, decían algunos, a pintar paisajes de sierras, decían otros, a fabricar conservas de higos y de aceitunas, era la voz más extendida. Si yo me había llegado hasta ahí, era porque quería averiguar su versión sobre un caso criminal ocurrido casi treinta años atrás; estaba escribiendo un libro sobre eso, por encargo, ya lo tenía casi terminado, pero me había parecido que quizás la voz del juez que había investigado la causa le sumaría algo a la historia. Me había costado conseguir el teléfono del juez Duré y más aún conseguir que me autorizara a ir a su casa, pero después de insistir varias veces lo había conseguido.
Hacía calor. Una avispa voló dos veces cerca de mi cara y otra se posó sobre el borde de mi vaso. Las espanté con la mano. Sobre la mesa de cemento había un libro encuadernado en cuero; porque estaba aburrida lo abrí: había dibujos hechos en tintas de colores, de animales, de plantas. El entretenimiento del juez, pensé. Cerca de la raíz de la parra, ví que algo con pelos se movía; parecía atascado. Me acerqué. Era un animal parecido a una comadreja, pero con el pelaje iridiscente, entre el azul y el verde claro; en cuanto lo quise tocar, salió corriendo.
- No moleste al pinon- dijo el juez Duré. - Son ariscazos.
Había visto fotos de él, pero estaba mucho más viejo.
- Buenas tardes, señorita.
- Buenas tardes.
- Me estuvo revisando los dibujos.
- No- mentí- Fue sin querer.
- Claro- dijo el juez-. Sin querer. Es mi obra, sabe. Hace veinticinco años que trabajo en ella. El año que viene la voy a publicar. Flora y fauna de la región de Eluyén, se va a llamar. El animal que acaba de ver es un pinon. Hermoso, pero arisco. Aunque no es agresivo.
- Hermoso, sí.
-  Aunque hay otros que son más ariscos todavía. El yamberá, por ejemplo. Cinco años estuve para dibujarlo. Solamente tenía descripciones de baqueanos, pero ni una sola imagen. Recién después de cinco años y de mucha paciencia pude verlo bien para dibujarlo. Mire, acá tengo la imagen.
Me mostró un dibujo de una especie de cruza de perro afgano amarillento con cuernos largos como una cabra.
- Que bonito- dije. Estaba impaciente, pero sabía que no me convenía demostrarlo. Cuanto más impaciente es uno con la gente vieja, más lento hacen todo.
- También conseguí dibujar al jabual. Es parecido al quetzal, el ave nacional de Guatemala, pero más pequeño y de color más opaco, como puede apreciar- sacó el dibujo y me lo mostró. El pájaro era precioso, realmente. Nunca había oído hablar de él.
- Pero todavía no pude dibujar a un dermingo. Me han hablado de el, pero es difícil de encontrar. Bastante difícil.- El juez Duré pestañeó tres veces- Aunque ya me dijeron como.
- Muy buenos sus dibujos- le dije.
- ¿Tomó el agua con limones?- preguntó- ¿Le gustó?
- Tomé unos tragos. Rica. Justa para una tarde como hoy. Hace calor.
- Sí.- dijo el juez- Hace calor. Pero, usted venía para hablar del triple crimen de Ipiquin, ¿no?
- Estoy escribiendo un libro sobre ese caso- asentí.
- Claro. Creo que recuerdo algo sobre el caso. Pero algo, no mucho. Ya soy un viejo, sabe, y la memoria ya no es buena- me dijo Duré. Se sentó a la mesa, se sirvió un vaso de agua con limón y se lo tomó muy despacio. Cuando terminó me miró. Me parecía que hacía todo más lento a propósito, como desafiándome a que me impacientara. Pero eso no iba a pasar. Podía estar mirando sus dibujos y oyéndolo hablar de lo mucho que le había costado dibuja al jaunal o como carajo se llamara toda la tarde y toda la noche si era necesario.
Ya no quedaba casi agua en la jarra. El viejo sacó dos mitades de limón y se los exprimió sobre el brazo.
- Para espantar a los bichos. Me lo enseñó un baqueano. - me extendió el limon medio exprimido. Me dió asco y dije que no con la cabeza.
Entonces me picó el bicho. No era una avispa esta vez, era más parecido a una langosta, pero más grande. Me picó en la pierna.
- Un tucura- dijo el viejo. Sacó un dibujo del cuaderno. Debo reconocerlo; lo había dibujado casi perfecto.
Dos bichos más me picaron. No eran picaduras dolorosas, pero se me hicieron ronchas enseguida, ronchas entre verdosas y violetas.
- Entre cinco y siete minutos- dijo el juez Duré. No entendí que quería decir. Sentí el cuerpo pesado, de repente.
- Ya me dijeron, sabe. Me explicaron. Tengo casi todos los animales de acá dibujados, menos el dermingo. Difícil de atrapar.
Tres tucuras más me picaron. Casi no lo sentí. Mi piel ya casi no sentía nada.
- Me dijeron- siguió el juez- que les gusta la carne infectada con el veneno de tucura. Hay que dejarles la carne infectada cerca y ellos vienen y la comen. Generalmente andan de a tres; macho, dos hembras. A veces algún cachorro, con suerte. Si no, llevan la carne a las cuevas.
Yo casi estaba desmayada.
- Perdone que le haga esto- me dijo el juez Duré.- Pero es la única manera de dibujarlos y, si no dibujo los dermingos, mi libro Flora y fauna de la región de Eluyén no va a quedar completo.
Yo no contesté. Ya no podía hablar. Estaba paralizada.
- Dominga- gritó el juez. La mujer baja y delgada  vino.- Ayúdeme a llevar a la señorita al montecito, cerca del arroyo. Y traiga también mis herramientas de dibujo. No vengo a cenar. No me espere hasta mañana al desayuno.

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