En voz baja todos decían que era que tendría que haber sido Paula. A Paula le gustaba pintarse los labios y las uñas de negro, Paula trabajaba en el bar de la ruta de noche, Paula cuando no trabajaba salía también de noche, a veces a bailar, a veces con chicos, Paula escuchaba The Smiths y The Clash, Paula contestaba mal. Lo que le pasó a Teresa le tendría que haber pasado a Paula, decían las primas y los amigos de la familia, y también la madre y el padre, que por ahí no lo decían pero lo pensaban, y a veces Paula lo escuchaba, y a veces lo leía en las caras de las personas que se cruzaba. Lo gracioso, pensaba Paula mientras buscaba la remera más sobria que tenía para ir a la misa en memoria de su hermana, era que cuando Teresa vivía no había día en que no la hubiera odiado. Teresa era un año y medio mayor que ella, y era mojigata y miedosa, y muy pacata, y siempre hacía comentarios de señora muy mayor aunque solo tuviera veintiún años. La primera vez que Paula compró un paquete de cigarrillos, Teresa lo encontró en el cajón de la cómoda y corrió a contarle a la madre. Teresa sabía cuáles exámenes había bochado Paula en la secundaria y sacaba la conversación en las sobremesas, introduciendo de paso, como quién no quiere la cosa, los nueves y los diez que ella se sacaba invariablemente en cualquier materia. Teresa lavaba toda su ropa los domingos y la ordenaba prolijamente en pilas sobre la cama y la planchaba y y la doblaba y la acomodaba en pilas prolijas, y cuando terminaba de hacer todo eso iba al comedor, a hablar por teléfono, a contarle a alguna de sus amigas que no podía compartir más la misma habitación con su hermana, que tenía toda la ropa repartida en cajas, en sillas, en montones en el piso. Un desastre, decía, no sé como seguir así. Siempre que hacía eso, claro, se aseguraba que Paula estuviera también en el comedor. Lo gracioso, pensaba Paula mientras mojaba los dedos en agua bendita y se persignaba, era que durante casi veinte años se había imaginado como sería la vida sin Teresa, como sería si un día Teresa se casara o se mudara a un departamento o se fuera a vivir al extranjero. Ahora que Teresa había muerto descubría que la vida sin Teresa no era muy diferente a la vida con Teresa; había un hueco liviano en el colchón de la cama de al lado, la ropa seguía apilada, oliendo a Vívere y a mentol, la casa era más silenciosa y de pronto el padre ya no tenía que comprar veinte potes de yogurt Ilolay con arándanos, porque la única persona a la que le gustaba ese yogurt había muerto. En la heladera, igual, habían quedado dos potes; la madre esperó a que se vencieran y después los tiró a la basura. Desde el entierro la madre casi no hablaba de Teresa. El padre tampoco. Tampoco hablaban con Paula; simplemente la miraban y cuando los dos la miraban le recordaban que todos pensaban que la hermana equivocada había muerto de la muerte equivocada.
De noche, Paula soñaba que era Teresa. No Teresa viva, ni tampoco exactamente Teresa muerta; sino Teresa pocos segundos antes de morir, y sentía siempre un desasosiego, un no entender, una sensación concreta de estar cayendo al vacío en un lugar oscuro. Teresa había aparecido en una de las rutas de acceso a la ciudad con un golpe en la nuca y tajos en el pecho. Quizás intento de violación, arriesgó la policía, pero no se sabía, había que hacer pruebas, no había sospechosos, no había testigos oculares. El lugar donde había aparecido era casi un basural, lleno de pañales usados, de colillas, de botellas de Pepsi vacías. En el sueño, antes de morir, Paula sentía el olor dulzón y pesado de la basura amontonada, el olor de la tierra seca, el olor del calor. Despertaba tranquila; sueño eso, pensaba, porque esa tendría que haber sido mi muerte, no la de Teresa.
La chica tendría que estar muerta, se dijo Cuellar. ¿Qué carajo hacía ahí, atendiendo su mesa? El la había matado.
- ¿Van a ordenar algo?- dijo la chica.
- Si, un Termidor, porción de papas fritas. Hace calor- dijo Alvarez- ¿No podrían subir los ventiladores?
La chica lo miró.
- No. No se puede. Orden de la gerencia.
- ¿Qué te parece?-le dijo Alvarez- Como la otra vez. ¿Qué se cree la pendeja esa? Cada cuatro meses, pasamos por este pueblito de mierda, y siempre nos trata mal. ¿Qué te pasa, Cue? Estás pálidoParece que hubieras visto a un fantasma.
Si, es un fantasma, piensa Cue. Pero yo la ví. La ví muerta, la ví tajeada.
La chica trajo el vino y las papa fritas. Sacó un destapador de su delantal de moza. Le costaba destapar la botella. Un mechó de pelo le caía sobre el ojo y la chica resopló, y se ató el pelo, y entonces Cue vió la cinta roja en la muñeca, la misma cinta roja que había visto tres meses atrás, la cinta roja contra la envidia le había dicho la chica cuando él le había preguntado para que era, un minuto después de verla en la ruta y diez minutos antes de matarla.
Paula no entendía porque le costaba tanto esa puta botella de Termidor, si lo hacía todos los días. Le sonrió débilmente a los hombres, como disculpándose de su torpeza, pero eso estaba imposible. Y la única que puede ayudarme, pensó, es Bori que está sola en la cocina, me va a matar, ella te descorcha una botella con una sola mano. Yo generalmente también, no sé que pasa, encima hace un calor. Ya está, le pido ayuda a uno de los dos, al más gordito que me pidió que subiera el ventilador no, mejor al otro, parece más amable.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- le dijo.
El hombre no contestó.
- ¿Puede ayudarme a abrir la botella?- volvió a decirle.
El hombre pareció asentir, pero se cayó al piso y empezó a convulsionar y a vomitar. Cue, Cue, gritó el hombre que estaba con el, donde dejaste las pastillas, pero el hombre no contestaba, y a Paula la botella se le cayó al piso y cortó bastante el brazo del hombre. A los gritos de Paula Bori salió de la cocina, y agarró la cabeza del hombre, pero ya estaba largando espuma rojiza por la boca, ya tenía los ojos en blanco y hubo una última convulsión y el hombre después se quedó quieto.
Bori le agarró la muñeca.
- Está muerto.
El hombre gordito miraba al muerto.
- Yo sabía que tenía un problema de convulsiones y el me había mostrado las pastillas. Se debe haber olvidado de tomarlas.
- ¿Era amigo de el?- preguntó Bori.
- Compañero de trabajo. Viajábamos dos o tres veces al año juntos. Ahora voy a tener que perder dos o tres días acá para resolver el tema administrativo. Puta madre.
- ¿Tenía familia?
- No, la verdad que no sé.
- Tapémoslo con un mantel- dijo Bori.-¿Estás bien, Paula?
- Si, por favor, pero que impresión.
- Bueno, no es culpa tuya. Si querés irte a tu casa, ándate.
- No, no- dijo Paula- Me quedo hasta que venga el médico, la policía, te ayudo.
- Bueno, bueno- dijo Bori- si te animás. Andá a llamar a la policía.- Paula se fué.
- Pobrecita- le dijo Bori a Alvarez- Le pregunto eso porque hace cuatro mese le mataron a la hermana. La encontraron afuera, en la ruta, destrozada a golpes. Una impresión. Encima, la hermana y ella eran iguales. Ellas nunca se dieron cuenta, pero todos los que la conocían lo decían. Como dos gotas de agua.
- Uf, que desastre. ¿Agarraron al que la mató?
- No, vió como es- dijo Boris.- Ayúdeme a tapar al muerto.
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