Anoche ocurrió nuevamente. Un robot asistencial, cuyo trabajo era cuidar a los ancianos moribundos de una residencia para ancianos, fue atacado brutalmente cuando volvía de hacer las compras diarias. Fue atacado con un soplete, con una maza, con un cortafierro, con Coca Cola vertida en su placa madre, con grasa grafitada untada con cuidado sobre su tablero táctil de comandos. Salió en las noticias. La dueña del establecimiento lloraba, mientras decía que era el tercer robot asistencial que era le había sido destruído en el lapso de cinco meses, que para comprarlo había tenido que hipotecar su casa y que ya no sabía que iba a hacer.
Nadie se imaginó que algo así pasaría, salvo George. Yo estuve allí cuando se desarrollaron los códigos para crear los robots asistenciales, robots que aparentemente solucionarían los grandes problemas laborales de los seres humanos. Un robot asistencial podía hacer cualquier tarea desagradable que a los humanos no les agrada hacer, por ejemplo, desastacar cloacas, limpiar baños de bar hediondos, lavar sábanas manchadas de orina, cambiar vías intravenosas y levantar ancianos con la cadera quebrada; gracias al trabajo exhaustivo durante cinco años del nuestra sección habíamos logrado que el código imitara casi perfectamente la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- Ahora solo queda- dijo George- que los humanos imiten la inteligencia, la sensibilidad y el comportamiento humano.
- ¿Qué quieres decir?- preguntó Aduki.
- Que no sé si es buena idea que los robots asistenciales sean como los seres humanos.
- No lo serán. Serán como los seres humanos, pero sin sus defectos. Sin sus fallas. Sin sus mezquindades.
- No sé si es buena idea tampoco- fue la respuesta de George- Nadie quiere a los santos.
Al medio año salieron a la venta los robots asistenciales. Venían en diferentes diseños, dos de ellos con ruedas silenciosas, otro con orugas semejante a las de un tanque de guerra y uno bastante más cool que flotaba mediante un sistema de imanes complejos: dos en bordeaux, uno en verde menta, y otro en crema. En un principio no hubo demasiadas ventas; pero un poco de publicidad en las redes y el hecho de que junto con ellos se regalaran dos juegos de acolchado de marca cara contribuyeron a que en poco tiempo tuviéramos lista de espera para los robots asistenciales, preferentemente en color verde menta. Lo que se dice, un batacazo. Incluso mi tío Brenn se compró uno, solo para que le lavara el auto, le cortara el césped, le limpiara la pileta y otras actividades que lo hacían transpirar. Si no eras pobre, tenías que tener un robot asistencial; era una marca de distinción, como las zapatillas y los celulares. La gente sacaba a pasear a los perros ahora, y a su robot asistencial. La primera vez que ví el espectáculo (un labrador lento y viejo y un robot de los bordeaux, pequeño, de los que familiarmente en la empresa llamábamos Beetle) pensé en hablarle a la persona y explicarle que los robots no veían ni sentían ni olían y que para ellos era lo mismo estar afuera, en el parque, bajo la luz del sol y escuchando el aleteo de las palomas que en su caja de origen, en el armario. Me contuve, por suerte, porque seguramente la dueña del labrador y del robot bordeaux me hubiera insultado.
Luego comenzó a pasar. El primero fue un robot que trabajaba para un edificio de lujo, de esos con piscina en la terraza; lo rociaron nafta y lo prendieron fuego, y solo quedó de él unas pocas chapas quemadas. El segundo fue un robot que ayudaba en una guardería para niños, con las tareas de limpieza y con la comida. Con este fueron más imaginativos; abrieron su compartimiento de accesoy le echaron aceite caliente. Su dueño nos lo envió para ver si podíamos repararlo; aún estaba en garantía. No hubo nada que hacer, claro.
De todas maneras, pensamos que eran incidentes aislados.
Pero al mes siguiente fueron seis robots asistenciales. Y al otro mes veinte. Al otro mes cien. Cuando en el mes de octubre se registraron trescientos noventa y cuatro ataques contra robots asistenciales, que habían terminado en la destrucción completa de los mismos, nos dimos cuenta que no era nada aislado. En el mes de noviembre el fenómeno comenzó a mermar, y en diciembre también, y en la empresa respiramos un poco más tranquilos, hasta la semana pasada. Treinta y cinco robots asistenciales fueron aplastados por una aplanadora en un campo de beisbol infantil. La imagen, en todos los noticieros, era impresionante.
Y anoche volvió a ocurrir, con el robot verde menta precioso que cuidaba a ancianos moribundos. Esta mañana Aduki tenía ojeras profundas y nos anunció que se retiraba de la empresa.
- No entiendo en que puede haber fallado. Los robots son casi como los humanos. Y los ayudan. Fueron creados para ayudar. No entiendo porque las personas los destruyen, si fueron creados para ayudarlos.
- Por eso- dijo George. Se acercó a Aduki, y le alcanzó un vaso de agua.- Porque los ayudan. Te dije cuando los estábamos diseñando: nadie quiere a los santos.
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