Iztli empezó a cantar. Las canciones las inventaba ella, era el rumor. El recaudador pensó que haberla llamado Iztli era una
crueldad de parte de su familia: la mujer no solo tenía la piel casi
transparente (las venas azules traslucían en sus brazos y en sus piernas), sino
que su pelo era tan claro que era casi blanco y sus ojos eran de un pardo
desvaído. Nada de obsidiana había en ella; no solo era absurdamente delgada,
sino que sus movimientos eran quebrados y temblorosos. Su canto, sin embargo,
era agradable.
Su familia le había contado la historia de la abuela de Iztli. La aldea, le
dijo Eren, estaba cerca del mar pero no demasiado; allí sobrevivían treinta
personas, de pelo claro y ojos claros, una rareza; cultivaban jitomates, chiles
y maíz; a veces pescaban. Los otros pobladores del territorio no se les
acercaban; se murmuraba que estaban malditos, se murmuraba que las mujeres
perdían niños antes de nacer, se murmuraba que ninguno llegaba a viejo. Quizás
nada de eso era cierto; la verdad es que cuando Acoatl llegó a la aldea y les
reclamó tributo, pidieron tres días y tres noches para deliberar. Le
pidieron además a Acoatl que se retirara a media hora de distancia. Acoatl
accedió. Tres días y tres noches Acoatl y sus hombres esperaron; cuando
regresaron a la aldea, encontraron las casuchas quemadas, las cestas
destrozadas, los cántaros quebrados, las pieles curtidas rasgadas y los
jitomates, los chiles y las mazorcas de maíz cubiertos de gusanos. En el medio
de la devastación había un cerco de cañas; en el medio del cerco había una niña
de dos años, pálida como todos los de la aldea, dormida abrazada a un coyote
tallado en madera. Cuando uno de los soldados la alzó (puede ser mala suerte
rechazar un tributo en carne y sangre, había advertido Moc, el segundo de
Acoatl) la niña se despertó; a Acoatl y a los soldados les pareció que de la
espesura salían cantos falsos de pájaros, de pájaros que se burlaban como si
fueran humanos. Pero quizás solo fuera idea de ellos. De todas maneras la niña
pasó a ser propiedad de Moc, y luego de un tiempo llegó a ser concubina de uno
de sus hijos, y tuvo varios hijos, pero ninguno de su color de piel, sino
cobrizos de piel y negros de pelo y luego uno de sus hijos había engendrado a
Iztli, entre muchos otros hijos que no eran como ella.
Iztli había tenido dos hijos, que ahora eran casi adultos. Ella sola,
comentaba su familia admirada, había inventado varios cantos e historias de
miedo, de risa o de llanto, e incluso de batallas, y se los había contado a sus
hijos, aún sabiendo que eran mentira. Fuera de sus cantos, Iztli era
supersticiosa y precavida y seguía religiosamente los ritos de los dioses.
Probablemente, se dijo el recaudador, ninguna de esas características era
extraña en una mujer; lo que la volvía extraña era la palidez de su cuerpo y lo
desvaído de sus rasgos. Poco a poco, los miembros de la familia se fueron durmiendo
y solo quedó Iztli despierta. El recaudador también tenía sueño, y la noche era
tibia. El sonido del mar se mezclaba con el canto de la mujer. Tres o cuatro
ratones aparecieron, royeron unas semillas de maíz en el polvo y se marcharon. Cuando
el recaudador estaba ya por dormirse, el mar se movió de una manera extraña,
como alguien sacándose una manta de encima; al recaudador le pareció ver una cara
sombría y como tallada en un cuerpo de tentáculos, una sombra de deslumbrante
blancura de espuma. Duró una sola fracción de segundo y luego desapareció.
Iztli siguió con su canto, y el recaudador pudo por fin dormirse.
A la otra mañana bebió solo agua caliente y masticó unas pocas semillas.
Iztli no estaba; había ido con otras mujeres a buscar miel de los árboles. La
familia lo despidió, luego de desearle bien viaje y de entregarle el tributo.
El camino más seguro hacia su ciudad era por la orilla del mar; a paso seguro,
era un día y medio.
A medida que avanzaba, el recaudador empezó a extrañarse del silencio. El
mar generalmente tenía un rumor tenue y constante, y de vez en cuando algún
pájaro trinaba o algún animal se lamentaba. Pero todo sonido iba
desvaneciéndose lentamente. Intentó recordar algunos de los cantos que había
oído los días y las noches anteriores. Abrió la boca; ningún sonido pudo salir
de ella. Se volvió hacia el mar. Ya no había olas; como un manto el agua se
descorría y entonces vió otra vez la cara sombría, el cuerpo de tentáculos que
le parecía haber visto la noche anterior. Uno de los tentáculos, como hecho de
espuma, se estiró y se enredó en su tobillo. Espantado, el recaudador se zafó y
empezó a correr en el sentido opuesto al mar. Corrió hasta que escuchó de nuevo
el silbido de un pájaro y se tumbó contra un árbol. Y volvió a quedarse
dormido.
No volvió al camino por la orilla del mar cuando despertó. Caminó durante
horas, hasta que llegó a la casa de la familia Teutle. Allí las caras estaban
largas, llorosas, asustadas. Quiso contarles su historia, aunque sabía que
sonaba imposible, pero el jefe de la familia Teutle se adelantó con sus
noticias.
-
Me han avisado esta mañana- dijo el hombre. Había perdido un ojo en una de
las guerras y era conocido por ser bravío, pero su voz ahora temblaba-
Technotitlan ha caído.
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