in memoriam Jack Palance,
de quién primero oí la historia
Cuando terminó el último de los azotes, la espalda y la parte de atrás de las piernas de Katrina eran un desollamiento. Lo recuerdo, aunque no lo ví: yo entonces tenía ocho años, y de noche soñaba que era doncella en el castillo era la condesa. Era un sueño extraño: tanto la condensa como sus doncellas estaban siempre vestidas de escarlata en el, no de púrpura que era el color de los obispos, ni del rosa aduraznado que usaban mis hermanas casaderas, sino de escarlata. Hablaban entre ellas, pero yo no entendía de que hablaban; no me preocupaba, tampoco entendía las bromas de mis hermanas casaderas.Cuando le conté esto a Katrina, porque Katrina había venido una vez a casa a buscar gansos para un festín, y entre que mi madre mató y desplumó a los diez mejores gansos que tenía pasó un buen tiempo, tiempo en el que Katrina se entretuvo contándome chismes menores del castillo, la cocinera que le había pegado una bofetada a su hijo por comerse los pastelillos con manteca de cerdo, el hijo menor de la condesa timorato que no sabía cazar ni cabalgar y a quién solo le gustaba jugar con el cítar, el escuerzo gigantesco que había encontrado sobre una piedra y que le había arrojado su baba venenosa en una pierna, Katrina se rió y dijo que era una niña tonta. Pero ya entonces se hablaba de ellas y sobre todo de la condesa, oía a veces a mis hermanas y a mi madre y a veces hasta al tío Everj murmurar sobre ellas. Por eso a nadie le extrañó que en varios días se arrestaran a varios de los más leales servidores de la condesa, y que estos fueran acusados de brujería y de traición y de haber profesado actos más allá de la maldad humana. Fueron decapitados, quemados vivos, un par solamente ahorcados; la condesa fue emparedada viva, en su cuarto. Nunca entendí porque Katrina se salvó; quizás por ser tan joven, quizás porque alguien sintió lástima. De todas maneras, fue condenada a recibir cien azotes, desnuda, frente a todos; y cuando el hombre gigantesco terminó su tarea, nada quedaba de su piel en su espalda y en la parte de atrás de sus piernas; solo carne, sangre y algún hueso. Allí la dejaron, desmayada. Esto me lo contó años después mi hermana mayor: yo no presencié el acto, porque estaba enferma con fiebre.
Nadie volvió a ver a Katrina . Dijeron que el diablo se había llevado su cuerpo. Luego dijeron que una mujer de una aldea cercana la había subido a un burro y la había trasladado hasta Lluip, un poblado cercano, donde la habían cuidado unas monjas. También dijero que se había arrastrado hasta la posada de Mos y que allí oficiaba como prostituta, cobrando mucho dinero y teniendo muchos clientes famosos por ser la única acusada sobreviviente. Mos se reía al escuchar estos rumores, que atraían escribas y curiosos a ese lugar perdido.
Yo me curé de las fiebres y lamenté haberme perdido la buena diversión de los decapitamientos, las hogueras y los azotes. La condesa, se contaba, agonizaba en su recámara tapiada. Yo lamenté no haberla visto nunca; dicen que era muy hermosa, al menos de joven. En realidad, a la única que había visto del castillo de cerca era a Katrina; ahora había otras personas, quizás tan despiadados como la condesa, no lo sabíamos y si alguno lo sabía no lo decía en voz alta. Un par de veces me acerqué al castillo buscando al escuerzo de baba venenosa; no lo ví. Katrina, pensé, era una mentirosa, además de una bruja. Se lo dije a mi madre y ella me reprendió: las brujas siempre son mentirosas, me respondió, porque son sirvientes del demonio. Y me dijo también que no había escuerzos en nuestro territorio. Pasaron algunos meses, la condesa seguía encerrada, no moría y las personas perdieron interés en la historia. Como era otoño, fuí con mi madre a buscar hongos en los pinos. No había casi ninguno. Cuando regresábamos, mi madre paró en la casa de su comadre a contarse novedades. Como me aburría allí, me quedé a un costado de la casa, jugando con una piedra y una rama.
Entonces ví a Katrina. Estaba muy delgada y las manos le temblaban. Caminaba entre los árboles, donde era casi imposible caminar.
- Creí que eras prostituta y que tenías mucho dinero- le dije.
Katrina me miró con odio, pero no me respondió.
- La condesa está encerrada. ¿Es cierto todo lo que dicen? Estuve enferma cuando ocurrió. Con fiebre- seguí diciendo. Bailoteaba a su alrededor, como una mariposa nocturna.
Tampoco allí me contestó Katrina. Caminaba muy despacio. Usaba una camisa de lino mal teñida.
- Mi madre dice que eres una bruja mentirosa y que no hay escuerzos en nuestro territorio. Y que irás al infierno.
Allí Katrina intentó pegarme una cachetada, pero trastabilló y se cayó al piso. Yo me reí.
- Una bruja mentirosa y fea y azotada. Cien veces azotada.
Desde el piso, Katrina me insultó. Usó las pocas fuerzas que le quedaban para levantarse.
- ¿Es cierto que ella está muriendo?- me preguntó. Tenía los ojos vidriosos, me dí cuenta entonces. Y lo que la hacía temblar era la fiebre.
- En cualquier momento, por ser una impía- le contesté- La malvada condesa, su malvado mayordomo y sus malvadas servidoras. La más fea de todas, Katrina.
- Tengo que llegar. He perdido mucha sangre, pero la poca que tengo le servirá- me contestó ella. Pero no hablaba conmigo. No hablaba con nadie.
- No había escuerzos en nuestro territorio. Bruja mentirosa- repetí. Y le puse una trabada. Volvió a caerse, y esta vez no se levantó. Siguió repitiendo lo de llegar y lo de la sangre. En voz cada vez más baja; me aburrió. Estaba oscureciendo ya.
- Olvida a la condesa; nunca llegarás- le dije al oído. Katrina sacudió la mano, como espantando a una polilla. Volví a la casa de la comadre, donde mi madre me estaba esperando; desde esa tarde, yo tampoco supe nada de Katrina.
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