viernes, 12 de julio de 2019

Un gato maúlla.

                                                                                         a PB

Lo bueno de viajar es que uno durante unos días no es nadie. Por eso elijo para veranear la ciudad de Antalya; hermosa ciudad con historia, restaurants, playas y vida nocturna. El hotel donde suelo parar se había encarecido mucho desde mi último viaje (dos años atrás) por lo que elegí quedarme en uno más modesto, parecido a una casa de las que en Argentina llamamos estilo alemán, no sé por qué.
Había  tres familias parando allí. Dos de ellas eran brasileras, indudablemente ricos de Sao Paulo, según pude deducir por sus conversaciones; la otra era de Irlanda del Norte. Fue el niño menor de esa familia el que habló, por primera vez, del gato que maullaba.
- No hay gatos en este hotel- dijo la mucama.- No nos resulta higiénico.
- Yo también lo he oído maullar- dijo una de las señoras paulistas.
- Será de un vecino.- contestó la mucama, encogiéndose de hombros.
- Será- dijo la paulista.
Esa noche oí por primera vez al gato. Maullaba como un gato pequeño. Lo imaginé gordo, de pelaje blanco, peludo, con algo de gris. Después me di cuenta que estaba imaginando al gato de la cafetería en la calle Planes. Cada vez que intento acariciarlo, me tira un zarpazo. La primera vez debería haber aprendido. De todas maneras, ya no tuve manera de disociar el maullido de un gato con la estampa del otro.
- También oí al gato anoche- le anuncié a la mucama mientras me servía café.
- Estuve preguntando- dijo la mucama- Pero nadie sabe de un gato por aquí cerca. Por mi casa, está lleno. Pero no por aquí.
- Raro- comenté- cerca de una pescadería.
- A la gente de este lugar no les agradan los gatos- dijo severamente la mucama.
Porque no tenía nada que hacer dediqué el día a buscar al gato. Observé tapiales, árboles, recovecos. Inútil, claro, porque un gato es un animal nocturno. El niño menor de los irlandeses (se llamaba Jimmy) observó mi búsqueda y decidió ayudarme.
- Es difícil cazar un gato- aseguró orgulloso de su saber.- Tengo dos en mi casa y nunca puedo cazarlos.
- Claro- dije yo- es difícil cazar un gato.
Después de cinco horas abandoné mi intento de búsqueda y me tumbé en la reposera de la terraza. Pensé en que en algunas culturas los gatos eran sagrados; pensé que los egipcios decían que sus dioses habían creado a los gatos para que los faraones pudieran acariciar un tigre. Pensé que esto último no tenía sentido: los tigres son de la India, no de Egipto. Aunque poco sabemos de los animales de hace tres mil quinientos años atrás. Estaba pensando esas cosas cuando por fin ví al gato: era de un amarillo rosado y bostezaba sobre la rama de un olivar, a tres casas del hotel. Te encontré, pensé, como si hubiera logrado una gran hazaña. La vida está llena de triunfos tontos.
Esa noche, en la cena, le comenté a la mucama:
- Ví al gato. A tres casas de aquí. En la casa del olivar.
- Ah- dijo la mucama.- Sí. La casa del olivar. Pertenecía a los Kasparian.
- ¿A las Kardashian?- pregunté, extrañado.
- No, no, los Kasparian. Una vieja familia de esta ciudad. Emigró, ya sabe.
Y entonces entendí. Kasparian era un apellido armenio. Conviene evitar ese tópico en Turquía.
- Los Bernet viven allí. Desde hace tres décadas. Son de origen canadiense, pero viven en Turquía desde hace tres décadas. Tienen tres perros afganos. Es raro que hayan comprado también un gato.
- Es raro.
Esa noche el gato volvió a maullar y recién pude dormirme al amanecer. Resolví ir a casa de los Bernet, a decirles que por favor encerraran a su animal durante la noche, porque molestaba a los vecinos.
- Pero usted no es un vecino- me dijo el señor Bernet al oir mi queja- Es solo un turista.
- De todas maneras. Es una cuestión de respeto.
- Pero- siguió el señor Bernet- mire lo que es este animal. No molesta para nada.- y de pronto alzó al gato. Cosa rara; de lejos me había parecido de un dorado rosado, pero ahora que lo veía bien era de un gris irisado y oscuro. El animal se acurrucó con los brazos del señor Bernet y me miró con sus ojos amarillos.
- Por favor- repetí yo- Solo me quedan dos noches en esta ciudad y me gustaría descansar.
Bernet asintió. Cumplió su palabra: las dos noches siguientes no oí al gato. Me dió un poco de culpa; la última noche tampoco pude dormir pensando en que quizás el señor Bernet había regalado el pobre gato por mi culpa siendo que yo (allí el tenía razón) era solo un turista. Armé y desarmé la valija tres veces, para distraerme.
A la otra mañana tomé el desayuno e hice el check out. Como la estación no estaba lejos, decidí caminar. Con la mano saludé al dueño del hotel y a Jimmy, que estaba sentado en la vereda, y empecé a caminar, arrastrando mi valija. Una de las ruedas se atascó con una piedra justo enfrente de la casa de los Bernet. Me agaché para desastacarla y, en el alfeizar de una ventana, vi la sombra del gato. No lo regalaron, me alegré. Como leyéndome el pensamiento, el gato salió detrás del vidrio y se puso a relamerse, tranquilamente, el pelaje negro casi azul brillante, casi de realeza.

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