viernes, 16 de agosto de 2019

El caso Broemmer 1º parte.

¿Cuando comienza una leyenda urbana? ¿Alguien la inventa? ¿Nadie? ¿Por qué algunas historias circulan como si fueran ciertas o, lo que es peor, casi ciertas, aunque nadie pueda comprobarlo? El caso Broemmer, soy consciente de ello, ya circula entre nosotros con la fuerza de una leyenda urbana; el haber sido testigo casual de esta historia que ahora se relata por lo bajo en bailes de preadolescentes, en reuniones de burako y en restaurantes de tenedor libre no me tranquiliza, exactamente. La mayor parte de lo que se cuenta es claro, mentira, pero es la parte que puede llegar a ser verdad la que a veces me desvela. Pero, primero, vamos a por las falsedades.
Primero, es mentira que Broemmer padre y Broemmer madre odiaran a sus dos hijos y que los maltrataran. No conocí a ninguno de los dos, pero hablé con varios de sus familiares cercanos, conocidos  y amigos, y todos coincidían en que eran padres estrictos pero dedicados. Los niños Broemmer eran estudiosos, aplicados y limpios; quizás, había dicho la maestra de Jeremías, el menor de los niños, eran demasiado estudiosos, y eso es raro en un niño, pero no parecían niños infelices. Inclusive coleccionaban figuritas. Entré a la casa de los Broemmer dos días después de ocurrido lo ocurrido, revisé los cuartos y miré las fotos; eran una familia feliz, si tal cosa realmente existe.
Segundo, tampoco es cierto que Broemmer padre estuviera involucrado en actividades delictivas, como se sugirió después de su muerte y la de su esposa y de la desaparición de los dos niños. Broemmer padre era un aburridísimo numerario, como su esposa era una aburridísima secretaria, y si tenían una casa era gracias a que la habían heredado de la tía abuela de la mujer, y solamente iban al cine dos veces al mes con sus dos hijos para no gastar demasiado. Ví el Fiat de Broemmer padre en el taller mecánico y recuerdo que el mecánico me dijo que hacía un mes que estaba arreglado, pero que el pobre hombre no lo había podido pasar a buscar porque no tenía dinero para pagarle. Vi que Broemmer madre usaba los mismos zapatos dos años seguidos y que solo tenía un par de medias para salir. Eran, definitivamente, pobres y honrados; mala combinación, me dijuo Gutierrez.
Lo tercero que es definitivamente falso, aunque ya ha alcanzado el rango de verdad, es que los Broemmer eran muy religiosos. En la casa de los Broemmer no había un solo crucifijo ni una sola Biblia; ni siquiera una estampita de la Virgen Desatanudos. Es cierto que los niños iban a un colegio que pertenecía a la congregación de los salesianos, pero según me dijo la hermana de la madre lo hacían simplemente porque quedaba cerca de la casa y porque la cuota no era demasiado alta.
Esto es lo que es falso.
Esto es lo que es cierto: cuando Cristina Albarracín, la vecina que llevaba a los niños a la escuela y que a veces los cuidaba cuando sus padres estaban trabajando, tocó el timbre en la casa de los Broemmer una mañana no atendió nadie. Eso le extrañó: la casa estaba muy silenciosa. Llamó por teléfono y oyó como el teléfono sonaba adentro. Nadie atendía. Se puso nerviosa. De una rendija de ventilación salió un animal parecido a una lagartija; luego otra. Ambas dejaron huellitas de sangre con sus patas microscópicas, antes de internarse en un baldío cercano. Más nerviosa aún, llamó a la hermana de la señora Broemmer, que tardó solo quince minutos en llegar. Abrieron la puerta: en el living comedor estaban el señor y la señora Broemmer, acuchillados. Los niños, Nicolás y Jeremías, de nueve y siete años, no estaban. Nunca pudimos (uso el plural porque aunque pasé a retiro hace cuatro años me sigo considerando policía) encontrarlos, a pesar de nuestros esfuerzos.
Lo otro que es cierto: los niños Nicolás y Jeremías fueron vistos en quince ocasiones diferentes, por muchas personas diferentes. En diferentes lugares de la ciudad. En Unicenter, en las Galerías Pacífico, en las inmediaciones del Luna Park, en la Plaza Italia. Hay un par de fotografías de estas apariciones, no de muy buena calidad porque fueron tomadas desde celulares y de lejos, pero los niños parecían estar bien. En la última, inclusive, hace cuatro años atrás, Nicolás había perdido ya los rasgos infantiles, su cabello estaba más oscuro, su nariz había pasado a ser aguileña como la de su madre y tenía un arito en la ceja. También Jeremías ya tenía una cara ligeramente diferente. Pero eran ellos. Aunque interrogamos a los testigos en cada ocasión, aunque hablamos con gente que trabaja en el lugar, aunque registramos las cámaras de seguridad de las calles de la zona hasta el cansancio, no pudimos nunca llegar a ningún lugar. El dato se filtró, no sabemos como, no a la prensa, que no hubiera sido grave, sino al folklore popular. Y el rumor de que detrás del caso Broemmer había algo más que un crimen común se expandió como una mancha de aceite en el mar; imposible de remover, imposible de denegar.

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