Eliza
I honor you/ Eliza/ for keeping
secrets some things.
Sterne
El lugar olía a arroz y a humo y a
animales quemados. Espero que Veltran no haya muerto, pensó Eliza y
entonces lo oyó relichar y su corazón se alegró.
Entonces vió a Dion el mestizo. “Has
curado a Veltran” le dijo, en voz baja.
“Es lo que hacemos los mestizos” le
respondió Dion.
Hubo un silencio muy largo y luego Dion
le alcanzó una vasija con agua.
Es raro que le den agua a una de los
Mil, pensó Eliza. Pero ese no era cualquier hombre: era Dion el
mestizo, el sobreviviente de tantas guerras oscuras, de tantas fugas
sangrientas. Algunos decían que podía transformarse en lobo o en
cabra a su antojo; otros que le había vendido el alma al Kutul, el
anciano demonio de esa lejana tierra. Eliza solo lo había visto dos
veces: al final de la batalla de Argan, cuando solo era un niño de
once años años, cubierto por la sangre de sus parientes y cuando
tenía treinta y cinco y estaba prisionero en los calabozos de los
Mil. A los once, a los treinta y cinco y ahora que debía tener
muchos años más (¿sesenta? ¿sesenta y tres?) siempre había sido
el mismo: tranquilo, reservado y al mismo tiempo imperioso en sus
maneras como no lo eran muchos reyes.
“He venido a buscarte para que me
des consejo” le dijo .Eso es nuevo- dijo Dion. -Ninguno de los Mil
le ha pedido un consejo a un mestizo hasta ahora que yo sepa (y
sabes que yo sé muchas cosas). Nos han esclavizado, torturado,
matado y violado, tanto a niños como a niñas, tanto a ancianos
como a ancianas. Ahora me imagino que Sarar necesita nuestra ayuda y
dudo de que se la prestemos.
No vengo de parte de Sarar. He venido
por mi cuenta, sin lugarteniente, sin protección.
¿Qué ocurre, entonces?
El consejero del rey, Rilench, está a
punto de encontrar la máquina.
Dion miró a Eliza por primera vez. “No
miente” pensó. Y enseguida, casi sin pausa, pensó “Estamos en
verdadero peligro”.
¿Cómo lo sabes?
Tengo informantes, espías, como tu,
Dion.
Tu lugarteniente, me imagino. Aunque
es arriesgado, Eliza, que uses a tu propio amante como
lugarteniente.
Era un niño cuando lo conocí. Nunca
me imaginé que llegaría a ser mi amante. Además, tengo otros
informantes. Pero entiende que esto es realmente grave; sabes en
base a que funciona la máquina.
Claro que lo sé.
¿Hay alguna manera de acercarse al
rey?
Es casi imposible. Rilench, su
consejero, Arguil, su madre, su dilecta primera esposa Malin, su
encantadora segunda esposa Ailen.
¿Quién es el más peligroso de
todos?
Arguil, su madre, sin duda alguna. Es
una mujer magnífica, dulce como la seda, que habla varias lenguas y
por la que el rey siente veneración.
Tendré que acercarme a ellos.
Te destruirán, Eliza.
Recuerda que no pueden, Dion.
Si que pueden. Hay por lo menos trece
de los mil encerrados en los calabozos húmedos y calientes del rey.
Agonizan de sed, como en un infierno. Preferirías ser mortal.
¿Prefieres entonces que el rey,
Arguil y Rilench encuentren la máquina y le den uso?
Sabes que no.
Entonces deséame suerte, Dion, y dame
alimento para llegar hasta allí.
Dion suspiró. Está bien, le dijo.
Ella sabrá lo que hace, espero, pensó.
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