domingo, 15 de diciembre de 2013

La muerte de un rey. 2


                                                            Eliza

                                                         I honor you/ Eliza/ for keeping secrets some things.
                                                                                                                 Sterne

El lugar olía a arroz y a humo y a animales quemados. Espero que Veltran no haya muerto, pensó Eliza y entonces lo oyó relichar y su corazón se alegró.
Entonces vió a Dion el mestizo. “Has curado a Veltran” le dijo, en voz baja.
“Es lo que hacemos los mestizos” le respondió Dion.
Hubo un silencio muy largo y luego Dion le alcanzó una vasija con agua.
Es raro que le den agua a una de los Mil, pensó Eliza. Pero ese no era cualquier hombre: era Dion el mestizo, el sobreviviente de tantas guerras oscuras, de tantas fugas sangrientas. Algunos decían que podía transformarse en lobo o en cabra a su antojo; otros que le había vendido el alma al Kutul, el anciano demonio de esa lejana tierra. Eliza solo lo había visto dos veces: al final de la batalla de Argan, cuando solo era un niño de once años años, cubierto por la sangre de sus parientes y cuando tenía treinta y cinco y estaba prisionero en los calabozos de los Mil. A los once, a los treinta y cinco y ahora que debía tener muchos años más (¿sesenta? ¿sesenta y tres?) siempre había sido el mismo: tranquilo, reservado y al mismo tiempo imperioso en sus maneras como no lo eran muchos reyes.
    “He venido a buscarte para que me des consejo” le dijo .Eso es nuevo- dijo Dion. -Ninguno de los Mil le ha pedido un consejo a un mestizo hasta ahora que yo sepa (y sabes que yo sé muchas cosas). Nos han esclavizado, torturado, matado y violado, tanto a niños como a niñas, tanto a ancianos como a ancianas. Ahora me imagino que Sarar necesita nuestra ayuda y dudo de que se la prestemos.

    No vengo de parte de Sarar. He venido por mi cuenta, sin lugarteniente, sin protección.
    ¿Qué ocurre, entonces?
    El consejero del rey, Rilench, está a punto de encontrar la máquina.
Dion miró a Eliza por primera vez. “No miente” pensó. Y enseguida, casi sin pausa, pensó “Estamos en verdadero peligro”.
¿Cómo lo sabes?
    Tengo informantes, espías, como tu, Dion.
    Tu lugarteniente, me imagino. Aunque es arriesgado, Eliza, que uses a tu propio amante como lugarteniente.
    Era un niño cuando lo conocí. Nunca me imaginé que llegaría a ser mi amante. Además, tengo otros informantes. Pero entiende que esto es realmente grave; sabes en base a que funciona la máquina.
    Claro que lo sé.
    ¿Hay alguna manera de acercarse al rey?
    Es casi imposible. Rilench, su consejero, Arguil, su madre, su dilecta primera esposa Malin, su encantadora segunda esposa Ailen.
    ¿Quién es el más peligroso de todos?
    Arguil, su madre, sin duda alguna. Es una mujer magnífica, dulce como la seda, que habla varias lenguas y por la que el rey siente veneración.
    Tendré que acercarme a ellos.
    Te destruirán, Eliza.
    Recuerda que no pueden, Dion.
    Si que pueden. Hay por lo menos trece de los mil encerrados en los calabozos húmedos y calientes del rey. Agonizan de sed, como en un infierno. Preferirías ser mortal.
    ¿Prefieres entonces que el rey, Arguil y Rilench encuentren la máquina y le den uso?
    Sabes que no.
    Entonces deséame suerte, Dion, y dame alimento para llegar hasta allí.

Dion suspiró. Está bien, le dijo. Ella sabrá lo que hace, espero, pensó.  

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