Para el a menudo autoindulgente mundo de la literatura
argentina actual (¿debería escribirlo con mayúsculas?) Beatriz Sarlo es una de
las figuras más incómodas, porque es una crítica literaria impiadosa. Se la
ataca porque es mujer, porque pertenece a una clase acomodada, porque tiene un
canon riguroso y estricto. Esto último es grave: ¿para que queremos los
críticos de arte sino para que establezcan un canon? Si los críticos de arte y
de literatura solamente nos dicen lo maravilloso que es el arte moderno o “contemporáneo”
¿cuando vamos a hacer algo distinto, algo nuevo, algo interesante?
Personalmente no tengo el gusto de conocer a Beatriz Sarlo,
pero recuerdo que en mi temprana adolescencia leí “Escenas de la vida
posmoderna” y no tengo ninguna duda que
es el libro que mejor describió los años noventa en Argentina. Ahora la
intelectualidad en general alza armas
contra ella, como si estuviéramos en el siglo XVII y todavía se quemaran a las
brujas. Yo creo que, al contrario, la mejor crítica literaria de la Argentina
es mujer, pertenece a una clase media alta, ha leído muchos libros y ha escrito
excelentes libros también sin una sola errata. Es Beatriz Sarlo: ella habló de
Juan José Saer cuando nadie hablaba de el, habló de los padres que en los
noventa se desentendían de sus hijos con mucha sutileza (y eso no lo hacían en
la clases bajas, sino en la clase alta y media alta) y del cualunquismo que
tanto cunde y que tanto mal le hace al verdadero arte.
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