El mundo era muy viejo, amigo mío,
cuando tu y yo éramos jóvenes
Chesterton. El hombre que fue jueves.
En estos días, Gilbert K. Chesterton es un autor olvidado o recordado apenas por haber creado un detective singular, el Padre Brown, un nada prestigioso sacerdote católico que resuelve extraños crímenes. No puedo determinar si este olvido es injusto o quizás es merecido. Probablemente lo mejor sea que hable desde mi punto de vista personal. Soy mujer, soy atea, creo en las posiciones de la izquierda política (aunque reconozco que muchas veces la izquierda levanta banderas insostenibles). Chesterton era un inglés católico que vivió a principios del siglo XX; a mí me tocó vivir a finales de ese siglo y a principios del XXI.
Y sin embargo, a pesar de las disparidad de época, de género y de estilo de vida, entiendo mejor a Chesterton que a muchos autores contemporáneos. El último libro que escribió ("Las paradojas de Mr. Pond; Chesterton murió en 1936) contiene un puñado de cuentos perfectos, sobre todo dos: "Los tres jinetes del Apocalipsis", un policial elegante y estilístico; y un cuento aparentemente policial llamado "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" que es excelente, y muy díficil de leer por el barroquismo de su estilo. El argurmento es simple, sin embargo; hay un personaje conservador, que está en contra de las vacunas y del progreso, que es asesinado. En una casa cercana, durante una cena, surge la discusión acerca de quién pudo haberlo asesinado. Todos tiene, claro, diferentes teorías: lombrosianas, psicológicas, etc. Uno de los personajes, un viejo médico, sostiene que no importa quién lo asesinó, porque ese hombre conservador le hacía daño a la humanidad; su discípulo, un joven protestante, intenta rebatirle con argumentos morales o religiosos. La discusión es interrumpida por la dueña de la casa; luego nos enteramos de que el viejo médico ha sido asesinado también y de que su discípulo ha desaparecido. El final nos llega vedado, relatado por Mr. Pond que cuenta la historia infiriendo (no relatando directamente) lo que ha sucedido. El discípulo médico se da cuenta de que fue su tutor quién mató al hombre conservador, y durante días y noches (ambos son escoceses, en Argentina esto hubiera tardado una tarde) discute con él para hacerle comprender que lo que hizo está mal porque hay leyes morales y religiosas que lo prohíben. El viejo médico, con ironía y cinismo, rebate sus argumentos. Los rebate de un modo tan contundente que el joven debe admitir su derrota y entonces comprende algo terrible; que el otro tiene razón, que el que murió fue solamente un hombre, pero también comprende que el viejo médico ha matado a un hombre conservador, con ideas equivocadas, en nombre de la Humanidad, o en nombre del bien común de la sociedad. Entonces lo mata (es decir, se convierte el mismo en asesino).
Las posiciones religiosas de los hombres no son interesantes por su mitología (en todas es extensa y variada, incluso los protestantes se saben de memoria la Biblia) sino porque condicionan la manera en que estos se paran frente al mundo. Cuando leí "Cuando los médicos se ponen de acuerdo" yo misma descubrí (yo, atea, mujer, de izquierda) que el argumento que Chesterton, un inglés muerto hacía setenta años había presentado era irrebatible. No porque fuera paradojal, ni encantador, ni elegante. Porque era cierto. Es probable que cuando pasen los siglos olvidemos el nombre de Chesterton, como olvidamos muchos otros autores. Sin embargo yo creo que sus historias perduraran, como otras han perdurado, perdidas en la corriente de lo que llamamos literatura.
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