La obra
Me dicen, y quizás tengan razón, porque en esas cosas todo el mundo sabe más que yo, que ha escrito una obra perfecta. Me dicen que tengo que tener cuidado con los cuervos literarios, criaturas de temer que aparecen apenas un gran escritor muere. Y él era, seguro, me dicen, un gran escritor.
Yo sé que se pasó los últimos diez años de su vida bebiendo y escribiendo en la computadora. Bien hubiera querido yo que hubiese escrito un poco menos; por lo menos tendría algún recuerdo de él. Llenaba el canasto de papeles de hojas A4 que luego rompía prolijamente –porque eso sí, era muy prolijo. Alguna vez quise leerlos; mejor dicho alguna vez los leí. No los entendí y a él lo entristeció que no lo entendiera.
Me dicen que debo designar a algunos de sus amigos como albacea. No sé a quién: el los odiaba a todos. El que no era un alcohólico era un psicópata o un homosexual reprimido o ambas cosas. Cuando venían a visitarlo puteaba por lo bajo y la calidad de sus puteadas era inmensa, casi tan grande como su prestigio de escritor.
De su primera esposa poco sé, excepto que lo abandonó en un tren entre Madrid y Barcelona. El lloró toda la noche. Su segunda esposa se marchó con uno de sus agentes literarios. Cuando me conoció a mí el era casi viejo y yo era casi joven, pero de alguna manera extraña había vivido más que él. Quisieron ver en la relación los que la miraban de afuera algo de Pigmalion, y la adornaron con anécdotas enternecedoras y completamente inventadas. En realidad el se quedaba conmigo por el sexo y porque tenía alguien que le cocinara; yo me quedaba con él porque me daba pena, y porque buscarme un piso donde vivir era fatigoso.
Ahora se ha muerto. Me dicen que su obra es perfecta; yo no entiendo de esas cosas y entonces uno de sus amigos me dice que quiere ser su albacea y que si quiere el domingo nos juntamos a comer algo y a mirar la obra póstuma. El no dejó obra póstuma, le digo. Es imposible, me dice, se pasó escribiendo los diez últimos años. Sí, le digo yo, escribiendo y bebiendo y rompiendo papeles, y si lo sabré yo que era la que sacaba las bolsas de basura llenas de botellas y resmas.
Lo cual no es del todo cierto. Solo no rompió dos cuentos. Los dos eran eróticos, casi pornográficos y hablaban de mí –no me nombraban, claro, pero cualquiera se hubiera dado cuenta que hablaban de mí. Los guardó en el último cajón del escritorio, en una carpeta que quería le entregara a su editor. No me dijo que eran, ni me pidió que los leyera, pero yo lo hice. No eran tan malos . La noche de su muerte, luego de cerrarle los ojos y de llamar a la funeraria, fui a la biblioteca y los rompí en pedazos, prolijos, como él solía hacerlo.
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