jueves, 28 de noviembre de 2013



                          Domingos de infancia revolucionaria

                                                                                                 A mi hijo

Cuando yo era chica mis padres eran trotskistas; ser trostskista es pertenecer a la secta de la secta de una secta. Lo más cercano a los rosacruces que tiene la política. El asunto era que los domingos nos juntábamos todos, los grandes y los chicos, a hacer asado y a discutir sobre poítica. (Los grandes discutían, los chicos no: nosotros jugábamos con los perros y los gatos y si hacía calor, al carnaval). Los grandes empezaban a hablar de Trotsky, y así me enteré que había peleado en Revolución Rusa, que había sido enemigo de Stalin, amigo de Lenin y que había muerto en México donde Diego Rivera y Frida Kahlo le habían dado refugio. Cada cual elige su propia posteridad.
Después comíamos el asado, tomábamos vino con soda o Coca Cola, las mujeres lavaban los platos (protestando) y los hombres contaban anécdotas de futbol. Entonces ya era tarde y cada cual se volvía a su casa.
Eso sí, la revolución no la hicimos nunca.

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