Domingos de infancia revolucionaria
A mi hijo
Cuando yo era chica mis padres eran trotskistas; ser
trostskista es pertenecer a la secta de la secta de una secta. Lo más cercano a
los rosacruces que tiene la política. El asunto era que los domingos nos
juntábamos todos, los grandes y los chicos, a hacer asado y a discutir sobre
poítica. (Los grandes discutían, los chicos no: nosotros jugábamos con los
perros y los gatos y si hacía calor, al carnaval). Los grandes empezaban a
hablar de Trotsky, y así me enteré que había peleado en Revolución Rusa, que
había sido enemigo de Stalin, amigo de Lenin y que había muerto en México donde
Diego Rivera y Frida Kahlo le habían dado refugio. Cada cual elige su propia
posteridad.
Después comíamos el asado, tomábamos vino con soda o Coca
Cola, las mujeres lavaban los platos (protestando) y los hombres contaban
anécdotas de futbol. Entonces ya era tarde y cada cual se volvía a su casa.
Eso sí, la revolución no la hicimos nunca.
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