domingo, 17 de noviembre de 2013

Julia

                                                                    Julia
Me dicen mis amigos Horacio y Mecenas que no eres una hija digna de mí. Es muy difícil probarle que se equivocan, porque tu conducta ha sido tan escandalosa durante toda tu vida que he terminado desterrándote a una isla cercana. Sin embargo, creo que los equivocados son ellos. No puedo decírselo, claro, porque soy el emperador y tiemblan cuando me ven; son mis amigos pero también son mis súbditos.
Poseo pocos argumentos para defenderte, porque soy hombre, porque soy el emperador, porque soy tu padre. Cuando hablo acerca de ti todos me juzgan débil, pero no es así. Nunca fui débil. El Primus inter pares no puede permitirse ser débil. Mi padre lo fue y eso le costó la vida. Sé que apenas dé muestras de flaqueza, apenas la vejez empiece a aparecer en mis manos y en mi rostro mi mujer y mi séquito se disputarán entre ellos el trono sin que esté vacío. Me ahogarán con una almohada y lo harán sin remordimiento; a mí tampoco me hubiese temblado la mano si hubiera tenido que matarlo a Marco Antonio. Como despreciaba a ese hombre; era un borracho, un vividor, un mujeriego. Yo siempre encarné las virtudes opuestas. Sin embargo, ahora lamento que esté muerto, porque era un hombre valiente. Huyó con la reina de Egipto, se alió con ella y se suicidó cuando vió que lo había traicionado. Nunca he amado así a ninguna mujer, ni a tu madre, ni a mis otras esposas, ni a ninguna de mis amantes. Pobre amor aquel que puede medirse.
Ahora que estoy envejeciendo me pregunto si esas virtudes que encarnaba según mis amigos poetas eran realmente virtudes. Tu me haces dudar de ello. Te hice divorciarte de dos maridos para casarte con hombres que eran mejores, sin duda, y tú me lo retribuiste con una conducta tan escandalosa que debí desterrarte. Creo que no te equivocaste, que el equivocado era yo. Tiberio es un gran hombre y será un gran emperador, pero no es un gran marido. En los hombres ve únicamente las miserias; la avaricia en el prestamista, el derroche en el dispendioso, el aroma a alcohol en los borrachos. El mundo es, para él, una comedia humana escrita por Hades. Puede que esté en lo cierto. En ti vió nada más que una cortesana de lujo, una intermediaria para obtener el Imperio. Es cierto que desgraciadamente fue educado por Livia, mi esposa, una intrigante; es imposible que con una madre así fuera un hombre feliz. Será emperador, y su reinado será miserable porque él es un hombre miserable. Tenías razón al engañarlo con otros hombres, hija. Hay hombres que merecen ser engañados.
Antes de que nacieras Virgilio, quizás como una forma de adularme, escribió en un poema acerca de un niño que vendría a salvar a los hombres. Pero tú fuiste mujer. Todos estaban tan desilusionados. Ahora pienso que fue mejor así; si hubieras sido hombre, quizás ya estarías muerto. Siempre se cuentan leyendas acerca de un hombre que cambiará el destino de los hombres; lo curioso, pienso yo, no es que se cuenten estas leyendas, sino que los hombres crean fervientemente en ellas y que estén dispuestos a arriesgar todo por ellas. Cuando era joven era ambicioso; ya no lo soy. Tener el mundo a mis pies significa nada o casi nada, ahora que lo tengo. Es mejor que ese niño, si realmente existe, nazca en un lugar lejano y apartado de Roma, y que se burlen de él si dice que es el rey, y que quizás lo crucifiquen por rebelarse, como hacemos con todos nuestros esclavos que se rebelan. Al ser emperador, me he dado cuenta que ningún hombre es dueño de mil esclavos ni de un solo esclavo; solo es dueño de la muerte de ese esclavo. Cada hombre y cada mujer es un mundo y uno solo de ellos vale más que todo el oro de mi imperio. Si ese niño nace, crece y muere en su ley, es decir, creyendo
en sus palabras, ese niño será el verdadero emperador. Yo solo soy un esclavo del imperio, el último de los esclavos, porque he sacrificado mi felicidad –la he entrevisto tantas veces- en aras del bien común. Lo he logrado. Mis súbdbitos me aman y me temen, mi nombre será recordado durante siglos, milenios, quizás por más tiempo.
Como ves, tengo pocos argumentos para defenderte, excepto el amor que por ti siento. Eres valiente, tu coraje es igual que el de Marco Antonio, hija. No heredarás ningún imperio, pero te recordarán para siempre de todas maneras, porque desafiaste al emperador, a tu padre, al hacer como mujer lo mismo que el hacía como hombre. Al mostrarme que las virtudes que yo aparentaba defender no eran virtudes, sino mera hipocresía. Tienes razón, hija mía, y yo debo callarme ante tu silenciosa muerte en una isla olvidada.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario