domingo, 17 de noviembre de 2013

Fragmentos de la víspera

                                          FRAGMENTOS DE LA VISPERA
                                                                                          Nadie muere en la víspera.
                                                                                                     Refrán popular.
Nada más fácil, dice padre, que aceptar lo inaceptable, seguir mirando su inmunda sonrisa equina de hombre triunfador, de quién no sólo es exitoso en los negocios y en el amor, sino que lo exhibe indecorosamente, como quién exhibe una cicatriz de guerra o un traje flamante. Sonreírle, hablar con él, ser su amigo; tarde o temprano la buena racha pasa, ya lo voy a ver arrastrándose por el piso, en cuanto se enemiste con el Gordo.
Madre mira de soslayo, dice, no seas así, no hay que desearle el mal a nadie que después. Y entonces padre mira a madre de una manera que no entiendo, y madre baja la cabeza, y come despacio, como un niño castigado.
Hoy a la tarde encontré tres gusanos en el jardín, dice Gastón, ay, que sos asqueroso, dice Ludmila, no los habrás traído a la mesa, si, te lo puse en tu plato, retruca el dicho, Ludmila grita y llora, dice que no quiere seguir comiendo, que los fideos están llenos de gusanos. Salomónicamente, Susy le pega un cachetazo a
cada uno, después de lo cuál ambos se quedan quietos, aunque pellizcándose en silencio.
Padre dice que va a ver como anda el campito, madre pregunta a que hora regresás, padre responde que no está seguro, quizás a las ocho, quizás a las diez. Madre le dice adiós con la mano. Apenas padre se va, Gastón le arranca la hebilla del cabello a Ludmila, y con él una parte del pelo. Ludmila llora, abrazada a mi madre.
Así, pequeña como la ve, Ludmila tiene doce años. Nadie se los daría, no es cierto. Madre mira con tristeza a Ludmila, le acaricia la mejilla roja. En cambio, la más grande, Paula, que alta es, ya toda una señorita, retruca la de Otaméndola. Nunca me gustó mucho esa mujer: nos mira a todos como si fuésemos culpables de algo. Alguna vez la oí hablar a Susy de ella; el marido la engaña con una mujer diez años más joven.. La de Otaméndola se mantiene bien, lo que a los cincuenta años quiere decir que se absorbe la grasa de las caderas y se inyecta plásticos hasta en las pupilas. (Mi madre no, nunca se atrevió a operarse; mejor así, pienso, aunque padre...).
Madre dice como demora este doctor Ibarra. Dentro de media hora la nena tiene que ir al catecismo. A esta edad comenta la de
Otaméndola; no la más grande, la más chica, aclara mi madre, todavía no tomó la comunión. La más grande canta en el coro de la iglesia. Que bien dice la de Otaméndola y su mirada agrega que suerte que voy a la Iglesia Catedral así no tengo que escuchar a esta estúpida todos los domingos en la misa de once.
Gutierrez Godoy dice el doctor Ibarra. Por fin, dice madre, se levanta, entramos al consultorio.
El doctor Ibarra no es como el doctor Antunez, que apenas uno se acerca ya huele el alcohol, los remedios impregnados en la piel. El doctor Ibarra huele a perfume de pino, y parece uno de esos modelos de las revistas. La mira a Ludmila, le sonríe, me sonríe también, finalmente la mira a mi madre, que la trae por aquí, señora. Tengo un vago malestar, la cabeza que no deja de dolerme. Quizás necesite más descanso, las preocupaciones, dice el médico. Puede ser: es un dolor que comienza aquí (se señala las sienes) y termina aquí (se señala la nuca, el delicado hueco entre los músculos del cuello). Las tensiones nerviosas, dice el médico, le recetaré unas pastillas.
Vengo por otra cosa, dice madre. ¿Por qué? y madre me señala, me empuja para adelante, me delata. Vengo por ella, dice, tiene sueños extraños.
La noche anterior estaba debajo del agua. Toda la familia estaba debajo del agua, y hablábamos, y cenábamos, sin darnos cuenta de que estábamos sumergidos. Nuestras caras eran como las caras de los ahogados, hinchadas y blancas. Sin embargo sonreíamos y comíamos con avidez los pescados que flotaban en la mesa, y que aún estaban vivos.
Otros sueños han sido peores. He soñado que estoy bajo tierra, y que estoy disgregándome en ella, formando parte de ella lentamente. No podía gritar, porque en mi boca había insectos. No podía llorar porque ya no había ojos en mi cabeza. Madre se aterró cuando oyó ese sueño, y dijo que debía rezar antes de dormir todas las noches. Yo no le hice caso, porque hace mucho tiempo que no presto atención a lo que ella me dice. Los sueños se repitieron, dos o tres por semana, entonces madre decidió que me llevaría a ver al doctor Ibarra.
El doctor tampoco presta demasiada atención a lo que mi madre dice. Bien, señora, dice, e inclina la cabeza. No es nada grave, es común a esta edad, los niños de hoy en día ven demasiada televisión, se impresionan muy fácilmente. Que no mire televisión antes de dormir y que beba un poco de infusión de manzanilla a la tardecita. Son solo sueños, dice, y los sueños no significan nada.
Esa noche sueño que estoy sola en una habitación vacía en un edificio vacío en una ciudad vacía pero no se lo cuento a nadie.
Mi madre aún es hermosa, aunque ya no es joven. Hace muchos años que no es feliz aunque quiera serlo. A padre le gustan las mujeres felices.
A mi padre le gustan las mujeres que se ríen.
Es imposible reírse de mi padre. Porque padre nunca hace bromas; solo da órdenes. Los chistes que el piensa que hace no son chistes: son humillaciones encubiertas a cada uno de los que los rodea. Se burla de la gente porque el tiene más dinero, más salud, más éxito que el resto. Las mujeres que se ríen de sus chistes no se ríen de sus chistes, en realidad, sino que tienen miedo que él descubra que no es tan divertido como piensa. Mi madre le tiene miedo, desde siempre, desde antes que yo naciera. Si algún día se va con una mujer más joven madre se quedará sin nada, en la calle, porque el tiene amigos abogados que lo ayudan cuando tiene algún problema legal. Uno de sus amigos abogados me mira las piernas cuando yo paso cerca de él y yo sé que mi padre ha hablado con él para que me case cuando tenga la edad
suficiente. No me gustan los abogados. Sé que siempre tendré dinero si me caso con uno, pero no me agrada el modo en que ese hombre me mira las piernas cada vez que paso cerca de él. Madre dice que en la vida es necesario ser prudente, pero a mi no me gusta ese hombre y su mirada sobre mis piernas.
No eres una niña prudente, dice madre. Mira cuán lejos llegué yo por haber oído a mi mamá, que en paz descanse. Mira cuan lejos llegué, hijita.
Mi madre es una mujer hermosa. Su pelo es largo y ondeado, y sus manos son delicadas, porque nunca ha lavado ni un plato. Su madre, mi abuela, a quién yo no conocí, le prohibió lavar los platos desde que era una niña pequeña para impedir que sus manos se arruinasen. “Se te arruina la belleza si se te arruinan las manos” decía mi abuela. Mi abuela sabía que madre llegaría bien lejos porque era la muchacha más bonita de todo el barrio, y no se equivocó en eso, porque mi padre la pidió en matrimonio cuando ella tenía solo veinte años. Mi padre era joven también en esa época y no era tan rico como lo es ahora. Creo que mi padre se arrepiente ahora de haberse casado con una mujer pobre, aunque sea bella. Hubiera preferido casarse con una mujer rica que se riera con él, y que no temblara ante cada palabra suya. Sí, padre se arrepiente de haberse rendido ante la
hermosura de mi madre. Fue un momento de debilidad, y mi padre detesta sus debilidades. El no se equivoca. Nunca se equivoca, ni siquiera cuando habla con su amigo abogado que me mira las piernas de esa manera. Quiere lo mejor para mí, siempre lo ha dicho.
Yo no estoy segura. Su amigo abogado es buen mozo, dice madre, y viste bien. Eso es cierto. Tenés un futuro por delante, dice mi madre, sos tan hermosa. Yo no estoy segura. Me imagino que ese abogado va a ser conmigo como mi padre es con mi madre y que yo voy a temblar cada vez que no pueda reírme de sus chistes. Tenés la vida asegurada, dice madre, y yo sonrío y asiento y voy a dormir y sueño que nuestra familia cena bajo el agua.

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