El buen sentido (2 parte)
Roberto
Yo tampoco soy
Roberto, pero ese era mi nombre de guerra. No lo elegí yo, y tuve
otros, pero Roberto es el que prefiero.
Me daba un poco de
lástima Pablo, siguiéndola a todas partes como un perro en celo.
Hay que admitir que era hermosa, que incluso es hermosa ahora que
está muriéndose, y que incluso yo sentía una cierta debilidad por
ella. Mi mujer lo sabia y se burlaba de ello, con su dulce tonadita
cordobesa; allí está esa muchacha que juega a la guerrillera, me
decía cuando la veía llegar. A su manera, también la quería. Mi
mujer y yo no estábamos de acuerdo con la lucha armada, pero yo no
podía evitar sentirme un cobarde cuando me enteraba que un amigo o
un conocido había aparecido muerto por alguna agrupación
paramilitar. A veces yo discutía con Pablo y le decía que la
paciencia era más importante en una revolución que la pasión, que
lo que se decide en el calor del momento muchas veces era un error.
Pablo me escuchaba pero ella no dejaba de mirarme con desprecio
quizás merecido. Ahora que estoy muerto porque ella me mató por
traidor, admito que quizás merezca el adjetivo calificativo y quizás
también la bala en la cabeza.
Están cayendo todas
las casas operativas por tu culpa, me dijo, antes de matarme.
Nuestros compañeros
están desapareciendo por tu culpa.
Canta, hijo de puta,
o te reventamos a tus hijas como reventamos a tu mujer, me dijo el
tipo al que nunca le vi la cara y yo como un idiota me repetía en el
cerebro la canción de los Beatles que había aprendido por si
algún día perdía, iu nou i beliv an jau iu nou i beliv and jau iu
nou i beliv and jau.
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