lunes, 18 de noviembre de 2013

El buen sentido (1° parte)

                                                      El buen sentido 
No es para quedarnos en casa que hacemos una casa/no es para quedarnos en el amor que amamos/ y no morimos para morir/ tenemos sed y paciencias de animal
                                                                                                                J. Gelman

                                                               Pablo
Ahora que voy a morir pienso en ella. Me la imagino en París o en Londres, canturreando una tonada en ingles que le enseño su niñera, el pie izquierdo levemente chueco, y la cara cubierta de pecas, y la sonrisa que a veces aparece como una leve luz. Aunque es raro verla sonreír, pero yo la he visto. Que coraje, que amor por la vida. Me la imagino puteandome por lo bajo por no haber aparecido, o acaso llorando: pero no, ella no es de las que lloran. Me olvidará pronto, lo sé, y se enamorará de algún lord o de algún actor de cine que la hará millonaria y feliz. Digo esto pero secretamente espero que no lo haga. La maldición del amor no correspondido es imaginarnos que podemos ser inolvidables.
Creo que escucho pasos afuera.

Mi nombre es Pablo pero en realidad no es Pablo. Como todos en estos años tengo un nombre verdadero, y un nombre de guerra. Mi nombre de guerra, entonces, es Pablo. Mi madre es ama de casa y mi padre es almacenero. “Deberías casarte” me dice, cada vez que me ve, preocupado por mi delgadez y mi barba incipiente “La hija de la vecina ha empezado a estudiar magisterio, y es una muchacha muy bonita, y por ahora no tiene novio”. Si, padre, claro que debería casarme, pero la mujer de mi vida me ha abandonado para luchar por la revolución. Ademas no me ama. Ademas voy a morirme.
No tuve amigos de niño, ni cuando era adolescente, hasta que conocí a Roberto. Era cinco años mas grande que yo. Jugábamos al ajedrez juntos, todas las tardes. Fue el primero que me hablo de Marx, de Lenin, y de la liberación nacional. Yo mucho no entendía (sigo sin entender demasiado) pero me gustaba escucharlo. Roberto me dijo que estaban formando un grupo de estudio de textos y me invito a ir con el.
(¿Cuantos circunloquios se necesitan para justificar nuestros peores actos? Debería decir que Roberto era mi mejor amigo, el único amigo de verdad que tuve y que dejé que lo mataran como un perro.)
Al poco tiempo Roberto se caso con su novia de toda la vida, una chica rubia y cordobesa que cebaba mates muy dulces. Ahora esa chica es una mujer y probablemente esta muerta. Las hijas de Roberto fueron llevadas a la casa de la abuela tres días después de su desaparición.

Me imagino su cara mientras aguzo el oído; pero no, no son pasos los que se escuchan. Me hubiera gustado que me dijera que me amaba antes de despedirnos, y quizás si ella me hubiera dicho que me
amaba hubiera acudido a la cita, y me descubro queriendo escapar de esta ratonera, queriendo escapar del país. Pero ella nunca hubiera dicho que me amaba, porque tampoco es de las que mienten.


                                                                Tiziana
Mientras miro la lluvia caer en París, estoy muriendo de vieja, de cáncer dice el medico belga, pero que saben los médicos, es que estoy vieja y la muerte me acecha. Si que debería haberle dicho que lo amaba, pero el amor es a veces como un animal que acecha en nuestros corazones, y yo entonces solo sabia repetir certezas. Ya no voy a volver a la Argentina, pienso, ya no voy a ver a Sebastian que me recuerda tanto a Pablo aunque ahora el también esta viejo.
Dentro de unos días no quedara nada de mi, solo las cenizas que mi mucama esparcirá en el río, le he pagado diez mil euros para que lo haga, aunque en realidad si no lo hace me importa un carajo. Le pague diez mil euros porque es casi toda la plata que me queda de la herencia, descontados los gastos médicos y etc. Me ha preguntado con insistencia (porque en el fondo se interesa por mi) si debe avisarle a alguien de mi fallecimiento; sabe que pertenezco a una familia importante porque mis hermanos a veces aparecen en algún diario. No, le digo, las malas noticias viajan rápido, aunque dudo que para mis hermanos mi muerte sea una mala noticia. Los diez mil euros que le di a mi empleada senegalesa para que se ocupe de mis restos supongo que serán la gota que colmara el vaso. Mas por los diez mil euros que por mis restos, se entiende.
Mientras la morfina me hace efecto me pregunto si debería confesarme y me siento ridícula, vieja y ridícula. Hay un dicho ingles; los viejos pecados tienen sombras largas. Pero creo que confesarme seria un capricho, un alivio, no una penitencia verdadera. Deberé morir con mis pecados o, mejor dicho, mis pecados morirán conmigo. A mi madre, esa irlandesa católica y rolliza, le hubiera horrorizado que muriera sin expiación; a mi me parece lo mejor.
He matado a tres hombres y ahora agonizo en París.
                                                                                    








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