in memorian Albert Camus
Por eso fue grande la conmoción del pueblo cuando Ms. Bourdain desapareció y Madame Bernardette y sus hijas amanecieron asesinadas a bayonetazos. El nivel de crueldad del árabe o ruso (aunque probablemente fuera judío, como se publicó en el periódico local y de la rama de los sefaradíes) había probado ser desmesurada. Por días y meses se buscó a Ms. Bourdain en pueblos cercanos, e incluso en París, en Bruselas y en La Haya, pero era inútil. El ruso o árabe o judío sefaradí se había desvanecido como si estuviera hecho de una sustancia mas volatíl que el humo o que el viento que a veces soplaba desde más allá del mar, pesado y húmedo. A Monsieur Ricart esa desaparición no le resultó extraña: Ms. Bourdain tenía una cara común, de esas que se olvidan rápidamente, y el hecho de que no pudieran definir su país de origen, ni el país de origen de su acento, ni siquiera si había sido bautizado en la religión cristiana ortodoxa o si había sido circuncidado era parte de esa extraña característica. En Les Tombees solo habían encontrado, además de los cadáveres, un puñado de francos y rublos manchados de sangre y tres monedas griegas en desuso. Durante un tiempo el alcalde las guardó en el armario de la alcaldía; después de dos años, de varios crímenes y de una artritis de viejo que no pudo aliviarse ni siquiera con compresas de árnica, terminó dejándolas en un baúl en casa del librero, de donde las rescató Monsieur Ricart, que había enviudado no solo de mujer sino también de perro y a quién la soledad de su casa le resultaba confortante y a la vez sombría, cosa rara en un boticario. La bayoneta asesina, que había pertenecido al esposo de Madame Bernardette, fue convenientemente limpiada y engrasada y vuelta a utilizar en la segunda Gran Guerra, que a todos, incluso a Monsieur Ricart, les pareció inevitable.
Tal vez esta historia hubiera terminado sin final, al menos para Monsieur Ricart, porque el alcalde murió de buena vejez, y la segunda Gran Guerra pasó y muchos murieron, y muchos regresaron y muchos no. Les Tombees fue comprada por un millonario australiano maníaco, que sacó las tumbas pero no las rosas, y abrió ventanas y puso fuentes de estilo español en el jardín. La historia del asesinato tenebroso de tres mujeres no espantó al australiano: en cada casa, dijo como toda respuesta, muere alguien siempre. Que las muertas hayan sido tres y que hayan sido asesinadas es una eventualidad, no un destino; además, no las conocía. Pues entonces, que el único que terminaba recordando el destino de Madame Bernardette y de sus hijas hacia principios de los años sesenta era Monsieur Ricart. A veces, cuando su hijo mayor venía a visitarlo, le mostraba los billetes y las monedas que tenía guardados; su hijo lo observaba, algo triste de no entender a su padre, algo feliz de no entenderlo del todo. Monsieur Ricart sonreía y recordaba que esa lucha era inútil. Pero fue un párroco ucraniano, joven y animoso, que vino a visitarlo una tarde buscando valeriana, aceite de manzanilla y que admiró sus lavandas (Monsieur Ricart también pensaba que eran admirables) quién le contó el verdadero final de la historia de Bernardette, sin saber que se lo estaba contando.
El padre Vanko daba extremauciones. Era una especialidad delicada dentro de la religión: más compleja que las misas y los catecismos, e incluso que la escuela parroquial. Los hombres y las mujeres ucranianos católicos confesaban crímenes terribles antes de morir. Muchos habían ayudado a fusilar a niños y mujeres judíos, habían quemado aldeas enteras, habían usado esvásticas sin cuestionarse y se las habían quitado sin cuestionarse tampoco, y muchos de ellos sin sentir culpa; a la hora de la muerte solo deseaban la absolución del cuerpo de Cristo. Vanko, de pelo muy rubio y ojos muy claros, no estaba muy seguro de que Cristo los hubiera absuelto; administraba las hostias, escuchaba las historias y los dejaba morir. Si sus destinos eran la condenación, Vanko no podía decirlo con certeza, aunque lo sospechaba. No podía condenar, pero se daba cuenta de que absolver también estaba fuera de sus capacidades como siervo de Dios. Por eso la historia de Lanik, sastre checoslovaco que estaba tan delicado del corazón que moriría en tres meses, le resultó un bálsamo. Lanik había vivido en Laponia y en Ucrania con una cabra, dos niñas huérfanas (su mujer había muerto de tifus en los cuarenta) y se había construído una casa de piedra, y había comprado cuatro o cinco cabritas más y había casado bien a sus hijas. Nunca había tenido nada que ver con los nazis, ni con los pogroms ni con los trenes ni con la guerra; Vanko pensó que ese hombre viejo y absurdo bien tenía ganado el cielo y tuvo la audacia de decírselo. Pero cuando se lo dijo Lanik demudó; su rostro se volvió oscuro y le dijo que no, que no lo merecía. Maté a mi madre y a mis hermanas, le dijo. Fue en defensa propia, porque querían envenenarme. No sabían que era yo, claro. Había regresado a mi casa natal luego de mucho esfuerzo, ansiando comer un bouef bourgignon, y encontré una matrona vestida de negro y dos muchachas pálidas cuya única ambición era envenenar con arsénico a su huésped para quedarse con algunos francos y algunos rublos. Las maté con una bayoneta que mi madre guardaba de mi padre y luego me marché de allí. Pero no es una confesión, señor Vanko, porque no creo en Cristo ni en Jehová ni en Krishna; desde aquella noche, dejé de creer, como Paolo y Francesca. Eso le contó Vanko a Monsieur Ricart, y cuando el párrroco se marchó, el viejo boticario sacó con manos temblorosas de una caja los francos, los rublos y las monedas griegas que atesoraba como si valieran algo, y recordó el arsénico, las ratas inexistentes, el intensísimo olor a salsa pesada que salía dos veces al mes de la casa de Madame Bernardette, que tan bien cocinaba según todos decían el boeuf bourgignon, y la sopa de toirtoise y algunas otras especialidades.
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